Hay alguien más, pero también soy yo. Habita en la zona media del pasillo; nunca ha entrado en ninguna de las habitaciones. No consigo explicar su preferencia por este espacio, pero el hecho es que sólo noto su presencia en el recibidor. Parece incapaz de trasponer el umbral del dormitorio o el salón.

Mi apartamento es de estructura lineal: el dormitorio da a un patio interior. Me gusta observar el cielo desde la cama, tanto de noche como de día. Es el último piso y nada me obstaculiza la placentera visión del azul claro y las nubes blancas. Saliendo de este cuarto, a mano izquierda, llegamos al recibidor, que es como un cruce de caminos, rodeado de puertas: la principal de entrada, la de la cocina, la del baño y –frente a frente- las del dormitorio y el salón. Todo el apartamento no es más que un reducido rectángulo dividido en los cuatro habitáculos que sirven para algo, y el recibidor (o distribuidor, como dicen los arquitectos, y es seguramente un nombre mejor, al menos en mi caso, pues apenas recibo), tierra de nadie que sólo sirve para transitar de una habitación a otra y donde habita el monstruo.

Por tanto, cruzando desde el dormitorio en línea recta llegamos al salón, una hermosa estancia con ventana a la avenida principal de la ciudad. Me gusta ver el cambio gradual de los árboles a través de las estaciones. En verano, con la ventana abierta, se perciben las risas y los jaleos de los grupos que se divierten. También llega la música de fiestas en los parques del barrio o en casa de algún vecino.

El apartamento, en sí mismo, es una delicia. Después de dos años de habitarlo he encontrado una utilidad aceptable para la mayoría de sus espacios. He variado dos o tres veces la disposición de muebles, mesas y estanterías, y estoy contento con la actual. Son poco más de cuarenta metros de superficie, pero resultan realmente acogedores. Escribo en el dormitorio, sobre una mesa nueva que compré con algunos ahorros (uno de los pocos muebles de mi propiedad, pues la casa es alquilada) al lado de la ventana. Algunos días trabajo y en general me muevo con las cortinas cerradas; otros las abro de par en par. Tampoco tengo una explicación muy clara sobre el motivo que me lleva a exponerme o a hurtarme a la curiosidad de los vecinos. En general me gusta la luz, así que predominan los días de cortinas abiertas.

La lectura en la cama es verdaderamente placentera. Me traje mi viejo colchón de infancia, donde he dormido los últimos veintisiete años. Las horas en la cama son para mí de las mejores de cada día; considero el remoloneo un camino de sabiduría y una forma de meditación trascendental. Me gusta levantarme cuando encuentro una buena razón para ello; si no, es mejor quedarse en la cama. También la lectura resulta relajante en posición horizontal; tengo una buena lamparita y una radio a mano.

Toda la pared del dormitorio está decorada con planos. Los colecciono; me apasiona la cartografía. Hay también una librería con algunos de mis títulos imprescindibles (tengo muchos más en casa de mis padres, pero no he podido traerlos por falta de espacio), un armario empotrado, y un perchero -con un sombrero que compré con gran ilusión y que sólo he utilizado un día en todo el invierno, aunque presumo que cada vez lo tendré que usar con más frecuencia, pues estoy perdiendo pelo a marchas forzadas.

El cuarto de baño es un bonito espacio con azulejos color cobalto, al que sólo desmerece la poca atención que le presto. Para la bañera compré también con bastante ilusión unas cortinas con motivos marineros (olas, velas, delfines) en tonos azul y blanco. En el agua he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida en esta casa. Soy un experto en sales de baño, y me gasto cantidades que me dejan sin un par de zapatos nuevos (que necesito mucho más) con tal de probar las últimas virguerías en la materia: os aseguro que hacen verdaderas maravillas. Un buen baño caliente con abundante espuma y perfume de brezo y salvia, o de coral azul, o de abeto Douglas, es un placer para mí mayor que el de una buena cena y casi casi que un polvo. También en la taza del báter paso buenos ratos. Es curioso: no consigo vaciar la tripa si no leo. De veras; aunque esté a punto de reventar, si no tengo una revista o un simple panfleto publicitario sobre las piernas no consigo nada. Es como un reflejo condicionado entre la pupila y el esfinter, verdaderamente curioso. Por último, en el aseo está también la lavadora, un interesante cacharro que presta buen servicio, aunque hay que reprocharle su carácter violento e impredecible: su centrifugado es como una posesión diabólica electrodoméstica.

Todo el apartamento, en fin, es una leonera que hasta a mí, a veces, resulta desagradable: calcetines y ropa interior por el suelo, periódicos viejos, polvo para hacer un castillo de arena. Cada tres semanas, aproximadamente, me pongo y paso un aspirador, o una gamuza por las mesas, pero me canso enseguida. Ahora mismo, por ejemplo, hace fácilmente tres meses que no limpio los cristales.

Podéis imaginar lo que supone esta actitud en la cocina: durante una temporada realicé una colección fotográfica titulada Grandes Pilas de la Historia, basada en los inverosímiles amontonamientos de cacharros, platos, sartenes, vasos, cubiertos, cacerolas y demás enseres en el fregadero y, por extensión, en sus alrededores. Poco a poco quiero ir cogiendo la costumbre de limpiar diariamente lo que ensucio, pero es jodido. En la cocina me entretengo bastante: me gusta trajinar con carnes, pescados, aceites, verduras y frutas; me gusta cocinar. De pequeño, pasaba las horas muertas viendo cómo lo hacía mi madre (y desafío a la madre de cualquiera de vosotros a que prepare un pescado en salsa verde, unos espaguetis con albondiguillas y tomate, una sopa de mayonesa o unos pinchitos de solomillo y beicon como los de la mía). La cocina tiene algo de laboratorio para chalados, y es divertida. Además, como sólo cocino para mí, y cuando me da la gana, no me supone ninguna obligación ni rutina. Lo único malo que tiene es, una vez más, el desorden en que mi dejadez la abandona.

El salón ocupa unos dieciocho metros cuadrados, y es la habitación mejor aprovechada de la casa. Contiene: televisor y vídeo, cadena de música, un amplificador de guitarra de dos altavoces de 14 pulgadas, dos estanterías de libros, un armario, dos mesas de trabajo (una de ellas junto a la ventana, con ordenador portátil, y la otra, mayor, junto a una de las estanterías), tres módulos de sofá, dos mesillas de cristal para el teléfono, las agendas y las revistas, dos pufs para poner los pies, cuatro macetas con cintas y helechos, un ventilador para el verano y un soplón de aire caliente para el invierno, cuatro sillas para las mesas, y un gran mueble de pared con estantes para libros, DVDs y objetos de decoración.

Como veis, en todas las habitaciones tengo buen rollo, en todas hay algo mío, todas sirven para algo; todas, menos el recibidor. Quizás por eso se ha instalado allí el espectro.

No se trata de una presencia anodina, sin función en su existencia. Creo que está claro que persigue mi daño, que disfruta cuando sufro, que quiere destruírme. No sé hasta qué punto; no sé, por ejemplo, si sería capaz de matarme. Creo que sí que le gustaría, pero que no es tan fuerte como para lograrlo. Puede causarme problemas con la electricidad, o hacer que me dé un golpe en la espinilla, o en la punta de los dedos del pie cuando ando distraído por el vestíbulo -uno de esos tropezones que durante cinco segundos te hacen maldecir el universo desde el big bang al presente. Puede, más o menos, asustarme. No creo que su fuerza llegue para más, pero seguro que él espera que algún día será así; si no, no tiene sentido que me declare una guerra abierta. A lo mejor, inmortal como es mientras yo viva, se conforma con putearme la existencia, con sembrármela de pequeñas jodiendas diarias, de sórdidas tristezas y amarguras. Desde el vestíbulo murmura frases siniestras y mensajes subliminales, con intención de deprimirme. Este aspecto de su actividad, con todo, lo tengo más o menos controlado, pues afortunadamente, las cosas me van bien, disfruto de la vida, tengo planes y proyectos, quiero a alguna gente y alguna gente me quiere a mí, y cada vez confío más en mis ideas, mis sentimientos y mis impulsos. Aún así, el ángel negro sabe que tengo un temperamento irregular y que mis depresiones son intensas y dolorosas. Por eso no acaba de perder su confianza en mi descalabro personal, en mi fracaso total.

Aprovecha mis momentos de debilidad. Es casi siempre de noche: yo estoy solo en casa, generalmente aburrido. He visto un rato la tele, he intentado leer, he arañado la guitarra que nunca sabré tocar, he cenado una tortilla y leche con bizcocho, y ahora me voy a acostar, no porque tenga sueño, sino porque no tengo otra cosa que hacer. Normalmente cierro en primer lugar la ventana del salón, y después me aseguro de que todos los aparatos están correctamente apagados. Esto es muy importante, pues la electricidad es una de sus principales armas. Muy de su gusto sería, por ejemplo, provocar un cortocircuíto en mi ausencia y quemar así todas mis posesiones y papeles; seguro que lo haría si supiera a dónde ir a vivir después. A falta de esto, darme un buen calambrazo es de las cosas que están más a su alcance. Para ello no necesita manifestarse físicamente (creo que esto le supone un gran desgaste de energía) sino sólo distraerme lo suficiente mientras manipulo un interruptor, preferiblemente mojado y con los pies descalzos.

La última operación rutinaria en el salón es regar las plantas, cada dos o tres días, de noche. Esto lo hago especialmente cuando me siento débil y temo una actuación de mi huésped; no sé por qué; supongo que la buena acción de dar de beber a las plantas me hace creer que eso las pondrá de mi parte si se desata la batalla.

Después voy a la cocina, y verifico el apagado de las placas eléctricas y la nevera. Le doy un agua a los cacharros de la pila, si cabe, y cierro bien la puerta.

Entonces llego a la zona del dormitorio. Atravieso el recibidor con cierta prisa, notando a veces que paso junto a -o incluso a través de- su presencia. O bien no tiene medios entonces para dañarme, o se conforma con el espectáculo de mi tímido miedo, que le divierte más que el simple y puro pánico, por lo que tiene de esperanzado. Una vez que él (o ello, o lo que sea) se manifieste plenamente habré de desechar la idea, aún viva, de que todo sean imaginaciones mías, y aceptar que he entablado una batalla personal y mortal con mi adversario. Qué cabrón -me lo imagino sonriendo mientras paso a su lado.

Llego al cuarto de baño, que me ofrece ciertas garantías. Pero tampoco tengo gran cosa que hacer allí; a los diez minutos salgo y voy hacia la cama. Es el momento crucial: voy a cerrar la puerta que separa la habitación del recibidor. Debo apagar un interruptor situado a la entrada misma del dormitorio, pues ya he encendido la lamparita de la mesilla de noche. Ahora: muy probablemente su mano (¿cómo será?) podría sujetar mi muñeca, cruzando como un rayo la estrecha rendija de la puerta. Después, no sé qué pasaría.

Si consigo llegar a la cama sin tropiezos, todo va bien. Hay veces que le noto casi dentro del dormitorio, a punto de asomarse desde detrás del armario, pero entonces su gesto ya es más de fastidio que de otra cosa, pues de ninguna manera podría alcanzar la cama, así que debe limitarse a mirar cómo duermo o descanso, mientras él sigue de pie, como un imbécil.

Algunas noches me levanto de madrugada para beber agua. Normalmente llevo una botella antes de acostarme, pero a veces se me olvida. Entonces tengo que atravesar de nuevo el recibidor, a oscuras y en silencio, pero atención: ¡soy yo el que le asusta! Sí, porque entonces le pillo dormido, y aparte de despertarle no le doy ni tiempo a reaccionar. Es, de hecho, la única ocasión del día en que nuestro encuentro se salda nítidamente a mi favor.

Algunas tardes me pilla distraído mientras navego. Estoy tan tranquilo pasando páginas y escuhando música, y de repente le siento con claridad aplastante, en el quicio de la puerta, en el umbral de la habitación, mirándome con sorna. Sonríe de oreja a oreja, y parece querer decir: «Ahora mismo podría aniquilarte. Nada me impide llegar hasta tí y asestarte un golpe mortal. Si no lo hago es porque prefiero que seas tú mismo quien poco a poco se destruya.»

Cierro los ojos; prefiero no responder. Aún en estos momentos terribles siento que mi fuerza es superior a la suya, que se está marcando un farol. Pienso: «No. Soy yo quien podría olvidarte. Si estás ahora ahí es porque necesito hablar con alguien, aunque sea con una entidad abstracta y tan despreciable como tú. Existes porque yo lo quiero. He concentrado en tí todo lo que quiero destruír de mí mismo, para salvar el resto. Eres una mierda. Sólo sabes hablar. Atrévete a mostrarte de una vez, déjame enfrentarme contigo cuerpo a cuerpo, y veremos qué pasa. Eres tú quien me teme.»

Para demostrárselo me levanto y camino hasta el cuarto de baño. Paso a su lado, obligándole a apartarse. Me doy una ducha rápida –lo cual es desafiante, pues la ducha es otro momento típico de indefensión- y luego me acuesto. Apago la luz y rápidamente me duermo.

En mi debilidad se ceba, pero extrañamente respeta mi dolor. Lo digo porque a veces sufro punzadas en el pecho, algunas fuertes, que me han hecho pensar que podría morir en mitad de la noche, solo, sin nadie que viniera a despertarme por la mañana. Me encontrarían a los dos o tres días, cuando la ausencia en el trabajo fuera extraña. En estos momentos críticos de soledad no se atreve a acercarse; ni siquiera se deja sentir en las proximidades de la habitación. Casi le aprecio entonces, por su discrección.

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