Este título de post, que me ha salido un poco Casablanca, es para rendir en estas páginas enésimo homenaje a Gómez de la Serna, el literato huérfano de generaciones de principios del siglo XX español, quizás porque él solo era una generación entera, de tan grande.

Es de los muy pocos autores a los que, siempre que se vuelve en etapas muy distintas de la vida, se recibe una impresión positiva, sorprendente, como un amigo que no envejeciera, como una cabaña del bosque en la que nunca se apagara la chimenea y siempre hubiera un vaso de ponche para el viajero.

Hoy (ayer leí la introducción de Ramón a la antología de Gérard de Nerval en la antigua colección Júcar, y eso me despertó las ganas) he retomado al azar uno de los varios volúmenes de greguerías de mi biblioteca.

La greguería -que algunos consideran una simple actualización del clásico aforismo- es en realidad poesía y literatura en su máximo estado de depuración: metáforas destiladas hasta lo esencial, impacto atómico de la belleza escrita:

«Al ver pasar los troncos cortados bajo el cielo gris, se ve en el color siena viva de su corte el sol que tenían ahorrado.»

Son muchas las greguerías animistas:

«En la noche alegre la luna es una pandereta.»

«El árbol busca un corazón bajo tierra con las manos crispadas de sus raíces.»

Pero lo que en general las hace excepcionales es su capacidad de conectar lo eterno y lo anecdótico:

«Entre los carriles de la vía del tren crecen las flores suicidas.»

«El niño intenta sacarse las ideas por la nariz.»

«Era una noche con medias de seda negra.»

«Los días de lluvia, el Metro se convierte en submarino.»

Alguien dijo que la creatividad es la capacidad de conectar acertadamente conceptos o ideas que nadie había conectado antes. Ramón lo hace una y otra vez, a una velocidad asombrosa:

«Lo más caro de la naturaleza es el rocío, que sólo se expende con cuentagotas.»

«El humo es la oración del hogar.»

«El viento es el correo amoroso de las flores.»

Pero no sólo en su faceta naturalista: algunas de las mejores greguerías llevan el sello del salón social, la carta de urbanidad y la vida galante:

«Sucede con los besos como con los sellos de correos: los hay que pegan y los que no pegan.»

«Si a la palabra alcohol se le pudiese quitar la hache, no sería tan inflamable.»

«La mujer cambia de idea cuando se echa la mano al pelo y cambia de lugar una horquilla.»

«El toro corre confiado hacia el banderillero porque hace ademanes de ofrecerle un abrazo.»

«La M siempre se sentirá superior a la N.»

¿A que todas son ciertas? Una de las características esenciales de la greguería es que prácticamente todas son verdad:

«Las mecedoras alargan las enfermedades.»

«Durante la siesta la chicharra da cuerda al tiempo.»

Cierro esta serie con algunas de las más jondas:

«En los agujeros que hay en la miga está el alma del pan.»

«El error es una broma sin gracia.»

«El espejo es la guillotina del espacio.»

Una de las máximas virtudes de las greguerías, es que a cada cual le hacen gracia las suyas, diferentes al resto. También en esto acertó Ramón anticipando no menos de cien años los hábitos de lectura de hoy en día: contenidos breves, destellos fulgurantes, prácticamente tuits virales. 

Por todo ello, una vez más, Ramón.

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