La historia de la literatura -es decir, de los escritores- me parece fascinante. Ninguna otra -quizás la matemática, si acaso- expresa de manera tan clara la contraposición de cuerpo y espíritu, las fantásticas y muchas veces sorprendentes relaciones entre la vida cotidiana y la trascendencia eterna.

No es la primera vez que establezco un paralelismo muy acentuado entre las figuras literarias de Ovidio y Oscar Wilde. Ambos comparten la caída vertical, en vida, desde lo más alto de la admiración general y la mejor posición posible a la ignominia, el destierro y el olvido. Esto de la «caída vertical» es una figura que me transmitió el maestro de periodistas Manuel Azcárate en una entrevista que le hice para Telemadrid allá por los noventa, cuando la caída del Muro de Berlín precipitaba colapsos variados en Europa del Este. Azcárate se refirió a «caída vertical» hablando de Ceaucescu, el dictador rumano, que pasó en cuatro días de la aclamación masiva en el balcón presidencial a la ejecución sumaria en un paredón, despeinado y andrajoso.

Después ha habido otras muchas caídas verticales en geopolítica: la de Gadaffi, por ejemplo, que pasó de pasearse por su país eligiendo doncellas para violar en las aldeas a ser ajusticiado como una rata literalmente atrapada en una alcantarilla. Pero en la historia de la literatura -por lo general menos dramática que la geopolítica- las caídas verticales no son muy frecuentes. Lo son más el lento ascenso y el paulatino olvido, una plácida curva de arcoiris que lleva a los talentos a picar más o menos alto poco a poco para descender igualmente sin grandes sobresaltos, dulce y calendariamente jubilados.

Pero curvas, o ángulos, puramente verticales, como un disparo al aire, en los que un genio pase de disfrutar todas las mieles del éxito, arbitrando sobre el gusto de un momento de la civilización, adulado por propios y extraños, y en pocos días se vea sepultado en la infamia total, en el olvido absoluto -Ovidio desterrado en el lúgubre y pantanosos Ponto Euxino, Wilde en las prisiones de Wandsworth, primero, donde casi muere, y Reading, después, donde recibió un trato más humano- parábolas de esta altura e inflexión sólo puedo encontrar estas dos.

«Porque yo no he venido de la oscuridad a la notoriedad momentánea del delito, sino de una especie de eternidad de fama a una especie de eternidad de infamia, y a veces a mí mismo me parece haber demostrado, si hacía falta demostrarlo, que de lo famoso a lo infame no hay más que un paso, si lo hay.» (De Profundis)

Recientemente estoy leyendo -me resulta sorprendente no haberlo hecho antes, pero quien esté libre de pecado…- los dos únicos textos salidos del corazón de Wilde -que pluma es poco- en la fase descendente de su trayectoria: De Profundis y la Balada de la Cárcel de Reading. El impacto está siendo brutal.

(De Profundis, Editorial Fuego Azul, disponible en Kindle)

De Profundis, como sabéis, es una carta; una larga epístola a Bosie –Lord Alfred Douglas-, jovenzuelo vulgar pero bonito causante de la perdición de Wilde -aunque el poeta asume con total honestidad que si no hubiera sido él, podría haber sido cualquier otro: los destinos están escritos. En mi opinión, es de los pocos textos capaces de equipararse en importancia histórica y literaria con La Metamorfosis, de Kafka, como definitorio de un estado mental, una época, una vida; sobre todo, por calidad e intensidad. Me ha gustado mucho encontrar entre sus páginas una idea que hace muy pocas semanas compartía en la presentación de la Antología de Poetas Locos, de Oscar Ayala: la intensidad es el verdadero objetivo del arte, el único baremo que al final sirve para distinguir lo comercial de lo eterno, lo banal de lo relevante.

«No la amplitud , sino la intensidad , es el verdadero objetivo del ‘ Arte moderno.» (De Profundis)

Es una maravilla literaria que sólo el talento de Wilde combinado con la dolorosa experiencia de su caída vertical ha podido producir. Contiene al menos cuatro tramas, cada una de las cuales valdría por si sola para darle una altura excepcional. La primera y más mundana es un repaso exhaustivo a la cadena de acontecimientos de su relación con Alfred Douglas: una carta de amor en toda regla, llena de reproches y detalles que sólo los amores más intensos pueden grabar en la memoria. Wilde recuerda citas, encuentros y desencuentros con Bosie por toda Europa, y con un sorprendente detalle de cifras de gastos en regalos, restaurantes y hoteles; al fin y al cabo su biblioteca personal, repleta de libros dedicados por Whitman, Yeats, y otros contemporáneos ilustres, fue subastada por una deuda de cuarenta libras.

«Las comidas en el Savoy: la sopa de tortuga, los orondos hortolanos envueltos en arrugadas hojas de parra siciliana, el recio champán de color ambarino, casi de aroma ambarino -Dagonet de 1880 era tu vino favorito, ¿ verdad ?-, todo eso hay que pagarlo todavía . Las cenas en Willis’s, la cuvée especial de Perrier Jouet que siempre nos reservaban, los pátés maravillosos traídos directamente de Estrasburgo, el prodigioso fine champagne servido siempre en el fondo de grandes copas acampanadas para que su bouquet fuera mejor saboreado por los auténticos epicuros de lo realmente exquisito de la vida, eso no puede quedar sin pagar, como las deudas incobrables de un cliente trapacero. Hasta los delicados gemelos -cuatro piedras de luna, bruma de plata, en forma de corazón, montadas en cerco de rubíes y brillantes alternados- que yo diseñé y encargué en Henry Lewis como regalito especial para ti, para celebrar el éxito de mi segunda comedia, hasta eso, aunque creo que los vendiste por cuatro perras pocos meses después, hay que pagarlo.» (De Profundis)

Recuerda también las mil y una veces que intentó terminar con una relación que sabía perfectamente que podía conducirle al desastre; pero el amor es así, sobre todo en un temperamento como el de Óscar, y el ser amado siempre encuentra un resquicio por donde volver a entrar en el corazón del amante, a quién terminará por destruir. El tono general es obviamente de reproche, aunque no de rencor; y de infinito desprecio hacia el marqués de Queensberry, padre de Bosie y urdidor de la farsa jurídica, con falsos testigos, que terminaría con Wilde en prisión. Una vez más hay que llamar a escena al Nasón, pues esta primera trama de De Profundis recuerda intensamente a las cartas Heroidas. 

La segunda trama enlaza sutilmente con la primera: Wilde vuelve los ojos hacia sí mismo, sabedor de que no hay mayor enemigo de uno que la primera persona del singular. Entonces rememora sus propios errores y debilidades, sin los cuales quizás pudo haber evitado o amortiguado su caída. Pero el mea culpa no se queda a ras de suelo, sino que inesperadamente levanta un vuelo fabuloso hacia el arrepentimiento más profundo, valga la redundancia. Wilde lo acepta todo: el encarcelamiento, la ruina, la caída en desgracia y hasta la retirada de la custodia de sus hijos; y hasta lo agradece como ingrediente esencial e indispensable para su comprensión profunda -valga otra redundancia- de su propia naturaleza, de la experiencia humana y de la vivencia del artista. El vuelo de la contricción es tan alto que alcanza la esfera religiosa, y entonces comienza la tercera trama: una deslumbrante apología de Cristo -nunca llega a referirse a él como Dios, atención- como cumbre del pensamiento, la filosofía y la ética universales. Un Cristo griego, continuador de la tradición de Sócrates, pero que trasciende la razón y la lógica para volcar en el amor al prójimo, la capacidad de perdón y la intimidad con el dolor las fuerzas fundamentales de una doctrina ejemplar, única y salvadora. Estas páginas de De Profundis bastarían en mi opinión para canonizar a Wilde. De hecho, transforman lo que comenzó como una epístola amorosa en una encíclica evangélica, que se lee en absoluto estado de asombro, fascinación y entrega. Cristo resulta ser el máximo ejemplo de la vida del artista, a mucha distancia de cualquier otro; la demostración más sublime de que es posible crear arte eterno con los días y las horas de la vida de un hombre.

La cuarta trama empapa y entrevera a las tres anteriores: es una exposición fragmentaria pero suficiente de la poética y estética de Wilde. Aunque sabemos que fue uno de los mayores eruditos literarios de su tiempo, sorprende por su clarividencia; valga un ejemplo:

«Para mí una de las cosas de la historia que más hay que lamentar es que al renacimiento propio de Cristo, que había dado la catedral de Chartres, el ciclo de las leyendas artúricas, la vida de San Francisco de Asís, el arte de Giotto y la Divina Comedia de Dante, no se le dejara desarrollarse por sus vías, sino que fuera interrumpido y estropeado por el espantoso Renacimiento clásico que nos dio a Petrarca, y los frescos de Rafael, y la arquitectura paladiana, y la tragedia formal francesa, y la catedral de San Pablo, y la poesía de Pope, y todo lo que está hecho desde fuera y con reglas muertas, y no brota de dentro a impulsos de un espíritu que lo informa.» (De Profudis). ¿Queda claro? Si esto no es un espíritu libre, decidme quién. Además, tiene toda la razón.

Obviamente, hay también una irrebatible defensa de lo único y excepcional, lo individual y excéntrico:

« Nada hay más infrecuente en todo hombre » , dice Emerson , « que un acto que sea propiamente suyo ». Es totalmente cierto. La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita. (De Profundis).

De Profundis es, en suma, un texto inclasificable, que tiene a la pazguata sociedad actual un poco desconcertada. Obviamente las izquierdas entronizan a su autor como referente y primer mártir de la lucha por las libertades sexuales, pero al hacerlo tropiezan con su componente intensamente cristiano, lo cual les descuadra. A su vez, las derechas y el mundo católico no están aún  preparadas para asumir el mensaje de Óscar, demasiado revolucionario y esencial. Sólo los liberales -esa utopía ideológica de gente que piensa que la libertad individual sólo limita con el daño efectivo al prójimo, y no con doctrinas o dogmas- podría, hoy, reclamarle legítimamente. Pero por desgracia los liberales están siendo engullidos por el torbellino bipolar de izquierdas y derechas.

El final de De Profundis es intensamente espiritual y natural, en el sentido franciscano, y hasta ecologista, del término:

«No hay un solo color oculto en el cáliz de una flor , o en la curva de una concha , al que mi naturaleza no responda , en virtud de alguna sutil simpatía con el alma de las cosas. Como Gautier , siempre he sido de aquellos pour qui le monde visible existe.» 

«La Sociedad, tal como la hemos constituido, no tendrá sitio para mí, no tiene ninguno que ofrecer; pero la Naturaleza, cuyas dulces lluvias caen por igual sobre justos e injustos, tendrá tajos en las peñas donde yo pueda esconderme, y valles secretos en cuyo silencio pueda llorar tranquilo. Prenderá estrellas en la noche para que pueda caminar por la oscuridad sin tropezar, y mandará el viento sobre mis huellas para que nadie pueda seguirme en mi perjuicio; me limpiará en vastas aguas, y con hierbas amargas me sanará.»  

¿No os parece el segundo un bellísimo salmo de resonancias bíblicas?

Incluso alcanza cotas de metafísica que recuerdan tanto al London de El Vagabundo de las Estrellas como al mismísimo Castaneda o a las más avanzadas teorías actuales de la física cuántica:

«El tiempo y el espacio  la sucesión y la extensión, son meras condiciones accidentales del Pensamiento. La Imaginación puede trascenderlo, y moverse en una esfera libre de existencias ideales.»

La segunda de las obras compuestas por Wilde durante su rapidísima caída vertical tiene también difícil aceptación en un mundo dominado por la corrección política. La Balada de la Cárcel de Reading ha sido clasificada por algunos como el mejor poema en lengua inglesa del siglo XIX. Desgraciadamente, no alcanzo a leer y comprender poesía en inglés de manera suficiente para explicar detalles del texto. Pero, en fin, baste decir que es una balada -una canción, un romance-  cuyo punto de arranque es la ejecución por ahorcamiento en prisión de uno de los reos compañeros de estancia de Wilde. Cómo De Profundis, la Balada da voz a una jonda reflexión sobre el crimen y el castigo, la culpa y el perdón, y sus más prosaicas aplicaciones en la sociedad: el sistema penitenciario y la pena de muerte. Obviamente con innegables dosis de empatía hacia la figura del reo.

Desafortunadamente para el reconocimiento generalizado. hoy en día, de la calidad del texto, la naturaleza del crimen del protagonista es que asesinó a su mujer. No digo más.

Edición de El Áncora, disponible en Kindle.

Y así, los dos textos producidos por Wilde en su rapidísima caída desconciertan a lectores de mira estrecha y maravillan a los inocentes. Tal y como está el patio, es imposible utilizarlos para reivindicar la grandeza de un autor cuya dimensión está a la altura de los diez o doce más importantes de toda la historia. Muy posiblemente durante varias décadas aún Wilde seguirá siendo el ingenioso y chispeante autor de Dorian Gray y El Abanico de Lady Windermere -aunque también de cuentos infantiles tan sobrecogedores como El Gigante Egoísta, que de alguna manera prefiguran su evolución. También seguirá siendo icono gay aunque eso sea totalmente anecdótico. En estos dos textos, al menos, no defiende nunca de manera explícita la homosexualidad; simplemente levanta lo más alto que puede la bandera de la libertad, el amor, el placer y la exploración de sentimientos sin barreras. Según algunos, Óscar y Alfred ni siquiera llegaron a tener relaciones sexuales.  Y al fin y al cabo, Wilde inicio el proceso contra el padre de Bosie por acusarle de sodomita, lo que consideró difamatorio.

El siguiente capítulo en esta historia de lecturas y redescubrimientos va a ser el volumen publicado por el Club Diógenes de Valdemar que recoge las actas jurídicas – transcripciones taquigráficas y drsmáticas- de los procesos jurídicos de Wilde, el último de los cuales concluyó con la pena de prisión. Contrastar los recuerdos que aparecen en De Profundis con los hechos probados o discutidos en las actas, ver a Wilde en ejercicio de su defensa con la estética por delante, comprobar hasta qué punto la maquinaria judicial puede ser perversa, especialmente en una sociedad tan hipócrita y puritana como la británica de finales del XIX: puede ser el libro del verano. Ya os contaré.

Los Procesos contra Oscar Wilde, El Club Diógenes, Valdemar.

Después, quizás, la biografía de Bosie, pues una verdadera historia ha de escuchar a todas las partes, y podría ser que Alfred tampoco fuera personaje plano.

Bosie, biografía de Douglas Murray

Así, la historia de la literatura termina por ser la de las vidas de algunas de las mentes, cuerpos y espíritus más reveladores de lo que en realidad todos somos. Un ejercicio de comprensión poliédrica en la que tenemos la oportunidad de aprender en alma y carne ajenas lo que bien podría ocurrirnos a nosotros algún día, y de aprenderlo empáticamente, casi viviéndolo. Por eso tiene todo el sentido terminar estas notas con la frase que se repite una y otra vez en De Profundis, que dicha por alguien que sigue pasando por ser el summum de la frivolidad es bastante impresionante:

«El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que se comprende está bien.» (De Profundis)

Se dice que Wilde murió en la más absoluta soledad, en una pensión parisina, pero no es cierto. Robert Ross, que fue su primer amante y su albacea literario, y amigo siempre leal, estuvo junto a él hasta el final. Robbie, a quien por cierto Bosie trató de empapelar judicialmente tras la muerte de Wilde -pero esa es otra historia- jugó con De Profundis y La Balada un rol similar al de Max Brod en la obra de Kafka. Sin él, probablemente no seríanconocido ninguno de estos textos. Él llevó a la habitación del moribundo a un sacerdote católico irlandés, quien administró bautismo y extremaunción a un Wilde ya semicomatoso por meningitis cerebral. Tenía sólo cuarenta y dos años.

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