Hola, Roman, ¿qué tal? No sé si te pillo en Suiza o en Francia; está claro que el sinvivir de esquivar la extradición a Estados Unidos te acompañará hasta la tumba. ¿Qué tal Emmanuelle? ¿Y Morgane? Ya debe tener, déjame calcular, 25 o 26 años, ¿no? Fuiste padre a los 60, una pequeña proeza que sin duda debió aportar estabilidad y optimismo a la que muchos afrontan como inicio de la recta final de la jubilación y la vejez.  Pero ya se sabe: ¡los 60 son los nuevos 40!

Yo no sé para qué me meto en estos líos de la cartas abiertas, que siempre son polémicas; seguramente por necesidad de aclarar mis ideas y dejarlas expresadas más allá de conversaciones casuales en los bares.

Lo primero que hay que decir, Roman, es que con 43 años uno ya no es un crío. Esa era tu edad cuando violaste a una adolescente de 13 años, Samanta, tras drogarla y emborracharla en el jardín del chalet de Jack Nicholson en Los Ángeles. Ya habías producido Chinatown, en la que, por cierto, John Huston hace de padre y potencialmente abuelo incestuoso. Tu obsesión por las jovencitas es evidente. Recuerdo una entrevista en la que te preguntaban por este tema; más o menos en los siguientes términos: «¿Por qué le gustan tanto las chicas jóvenes? – Bueno, son más guapas, ¿no?», fue tu respuesta.

Siempre fue una constante, desde Nastassia Kinsky a tu propia esposa Emmanuelle Seigner, que tenía 26 años cuando rodasteis Lunas de Hiel; tú tenías 59. La verdad es que muchos hombres envidiarían esa relación. En tu respuesta citada anteriormente hay una maliciosa provocación, una interpelación a todos nosotros: es cierto que las mujeres jóvenes son más atractivas, ¿no? Pero no es ese el caso de esta carta.

De lo que quería hablarte es de Crimen y Castigo. En tu caso el crimen -la violación de una adolescente- está claramente establecido. Lo cuenta con total claridad la propia Samanta Geimer, en esta entrevista. También dice cosas sorprendentes, como que se alegró cuando ganaste el Óscar por El Pianista o incluso cuando Suiza denegó tu extradición en 2010.

El dilema ético y moral que me preocupa puede formularse de la siguiente forma: ¿qué historia de la humanidad hubiera sido mejor: una en la que te hubieran extraditado nada más pisar suelo francés, en 1977, y hubieras cumplido condena de diez o quince años en prisión, o la que corresponde a los hechos reales, es decir, la vida que has vivido en libertad, fugitivo pero libre en Europa? Obviamente la pregunta tiene trampa: en la primera opción no existirían Tess, Lunas de Hiel, La Muerte y la Doncella -que por cierto trata de una violación- o El Pianista, entre otras. ¿Cuál sería el resultado de un jurado universal, si pudiera retrotraerse en el tiempo, y encerrarte en 1977, borrando esas y otras películas de la historia?

Es muy posible, casi seguro, que el resultado del voto sería tu condena. La violación es un delito abominable, y la justicia debe alcanzar a todos; no puede haber privilegios por razones de arte como no debe haberlos por posición social, fortuna o política.

Pero entre los pocos votos absolutorios del recuento se contaría el mío. Y si me dieran tiempo a explicarlo, lo haría así: creo que el daño a la víctima no fue irreparable. Obviamente cambió su vida, pero si la persona más afectada es capaz, con el paso de los años, de alegrarse por tu no-extradición o tu Óscar es que el asunto, de una u otra forma, ha cicatrizado; no debió ocurrir, pero tampoco ocurrió nada irreparable.

Cierto es que la justicia -cada vez más- no sólo cumple función de reparar daños entre personas, sino de establecer las reglas de juego de lo aceptable y lo inadmisible. En este sentido no tengo argumentos a favor de tu caso. Lo único que tengo es esta pequeña papeleta de voto para elegir entre tu reclusión en prisión desde 1977 y la pérdida de las películas citadas. Podría ser un voto secreto, quizás, pero para esto se escriben las cartas abiertas, para decir lo que uno piensa. No faltarán quienes me contradigan con razones que quizás me convenzan. De momento, me quedo con las películas.

En todas ellas hay una notable percepción de la fatalidad, de lo inevitable, del destino marcado. Tess narra la historia de una jovencita reducida a la condición de querida pintarrajeada por un primo lejano de gran fortuna, al que termina asesinando, y también rechazada por su verdadero amor -un tontorrón bíblico- por haber mantenido relaciones prematrimoniales. Cierto es que el tonto se da cuenta de su error, pero ya es tarde, fatalmente tarde, y la policía detiene a Tess mientras duerme sobre el altar de Stonehenge, sacrificada como víctima propiciatoria de la estupidez humana del hombre. Porque desde luego Tess es una película -lo es la novela en la que se basa, claro- abiertamente feminista.

También Lunas de Hiel trata de lo inevitable. En este caso, la evolución del amor más intenso, puro y desinteresado hacia una relación de esas que hoy se califican como tóxicas. También aquí la mujer es protagonista. Cuando Mimí le regala a su inválido amante por su cumpleaños una pistola real, minutos antes de acostarse delante de él con un bailarín, está invitando al asesinato, está sellando un pacto de sangre y hiel que terminará por cumplirse: de nuevo lo inevitable.

La Muerte y la Doncella, como decía, trata de una violación. Es tan brillante película como una de esas partidas de ajedrez en las que solo quedan tres piezas y concluyen con un mate espectacular. Una noche de tormenta, alguien llama a la puerta de la apartada casa junto al acantilado donde pasan el fin de semana el juez encargado de redactar los acuerdos de punto final de una dictadura latina -es decir, el blanqueo necesario de los criminales del régimen para que la transición sea posible- y su mujer. Inesperadamente, ella golpea y ata al visitante, que solo venía a pedir ayuda para reparar su coche averiado, le secuestra y a su manera tortura ante el horrorizado juez-marido. Ella está convencida de que el visitante es el hombre -anteriormente policía- que la violó repetidas veces durante su detención en las protestas contra la dictadura. Si no habéis visto La Muerte y la Doncella, vedla.

En cuanto a El Pianista, es la única de mi selección particular cuyo argumento no gira en torno a las relaciones de hombres y mujeres. Claro que el tema alternativo tampoco es pequeño: ni más ni menos que el nazismo, vivido en primera persona por un pianista polaco en el gueto de Varsovia. Curiosamente, esta película plantea un dilema moral similar al de estas líneas: cuando el coronel nazi sorprende en la casa abandonada al hambriento y enfermo pianista, y este interpreta sólo para él la balada número 1 en sol menor de Chopin, se produce en la mente del nazi un dilema también: el tipo es un judío fugitivo, pero la música es fabulosa. Con naturalidad, descarta la ejecución sumaria y ayuda al fugitivo a sobrevivir hasta que los aliados, ya a las puertas de la ciudad, certifiquen la derrota del nazismo. Aquí podéis ver la escena:

Bueno, Roman, no sé si me he metido en un lío por votar a favor de tu absolución; espero que no; creo que aún queda lugar en el mundo para los matices y la opinión. Básicamente, la tesis de estas líneas es que tus deudas están saldadas: con Samanta, por sus propias palabras; y con la sociedad, por tus películas.

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