Hola, Joao,

Supongo que te pillo subiendo al cielo; espero que no lleves la guitarra, porque si San Pedro te pide que toques algo se quedará tan embelesado que nunca te abrirá las puertas del cielo, con tal de tenerte a su lado. Tiene un trabajo un tanto solitario, hay que comprenderle, haber sido fundador de la Iglesia y primer apóstol para acabar de portero, pobre Pedro.

Los informativos y sus secuaces te califican, en su trival y permanente necesidad de coletillas y frases hechas para etiquetar y simplificar cualquier cosa, como «fundador de la bossanova». Hay que decir que en este caso es correcto. Tú inventaste la bossa, ese estilo suave suave suave hasta decir basta y luego sin embargo sigue siendo suave suave suave y aunque digas basta cien mil veces sigue siendo suave y demoledor al mismo tiempo.

La bossa supuso para Brasil algo así como el reggae para Jamaica: una punta de lanza para que el mundo se diera cuenta de que hay música más allá de Londres y Los Ángeles. En aquellos tiempos de 007, Bond, James Bond, saltando de teleférico en teleférico en el Pan de Azúcar, (Moonraker, 1979), el sonido de la chica de Ipanema ya se había expandido por el mundo como un benigno virus de paz y amor, mucho más eficaz en su infección que los psicodélicos y lisérgicos de San Francisco. La bossanova supuso para la generación beatleniana, rollingstonera y dylanóica el descubrimiento de que hay música más allá del idioma inglés.

Recuerdo que, allá por los 80, Rodolfo Poveda, en el mítico «Trópico Utópico», solía definir a Brasil como «primera potencia musical» del mundo. Sí, eran los años en los que nos referíamos a países y bloques como «potencias». Eran también los años del Bond Moore y de Naciones Unidas.

De hecho, en la España de los ochenta, aún tardíamente, la influencia de la bossanova fue muy fuerte. Prácticamente todos los grupos y músicos que se iniciaban entonces en la música verdadera -no en el show-business, son cosas muy diferentes- se quedaban boquiabiertos con el despliegue de creatividad, originalidad, riqueza y frescura de la música brasilera. Lo que pasa es que era «muy difícil» para casi todos: acordes llenos de sostenidos y bemoles, cambios de tonalidades inverosímiles, cosas nunca vistas… La música popular brasilera hizo posible una contradicción hasta entonces no superada: un máximo nivel de sofisticación técnica con un máximo grado de aceptación popular.

Dicen los mismos medios, Joao, que te etiquetan como fundador de la bossa que este género nació de una fusión de raíces cariocas y jazz. Pero en realidad no fue así. Fue la bossa la que influyó poderosísimamente en el jazz. Llegados a este punto, es necesario hablar de Jobim.

Joao, tú fuiste la materia de la bossa; Jobim fue su espíritu. Tú fuiste la piedra, Tom el arquitecto.

Ya sé que en una carta abierta a alguien que se acaba de morir no está bien glosar los méritos de otro, pero como este otro murió también hace unos cuantos años, espero me perdones. Las composiciones de Jobim: Garota de Ipanema es de las más sencillitas; Wave; Triste; Desafinado; Chega de Saudade; Insensatez; Aguas de marzo; Agua de beber… son tan inmensamente ricas e imaginativas como las de J.S. Bach o W.A. Mozart. Antonio Carlos solía decir que, en efecto, a él nunca le influyó el jazz, sino Chopin. Y es cierto: https://www.youtube.com/watch?v=kreoUHI4WN8  

Hay muchas más similitudes entre Jobim y Chopin que entre la bossa y Coltrane o Miles Davis. Digámoslo alto y claro: Jobim -y Gilberto, y Vinicius de Moraes, y Toquinho, y Baden Powell, y tantos otros- tuvieron mucha más influencia en el jazz, y en general en la música contemporánea, de la que recibieron. Fueron generadores más que conversores. Río de Janeiro -ese Río fácil, divertido, cosmpolita, caipiriñóico, paradisiaco, brutal, bestial, inmenso, donde todos querríamos vivir siempre- fue, durante algunos años, el epicentro de la música mundial. Y los puntos precisos, los átomos geodésicos donde se desencadenó el seismo fuisteis vosotros: Jobim y Gilberto.

Fui a verte en el Teatre Grec de Barcelona el 11 de julio dela año 2000. Hice el viaje solo por verte en directo. Fui solo; con una mezcla de devoción y emoción casi religiosa. No en vano habías revolucionado algunos años atrás toda mi percepción de la música, de manera tardía, gracias a la escucha de tu grabación en directo en Sao Paulo en 1994: https://www.youtube.com/watch?v=_fkXgv0frLk. Dejo aquí el enlace por si alguien quiere cambiar de vida como yo lo hice entonces.

Del concierto en Barcelona recuerdo, sobre todo, el silencio. Cantabas y tocabas bajito, muy bajito, como pidiendo silencio. Y obviamente te lo dábamos. Encender una cerilla -afortundamente aún no había móviles generalizados en el año 2000- hubiera supuesto un desastre acústico. Cantabas bajito, muy bajito, y tocabas las cuerdas con una dulzura indescritptible, muy bajito, también. No querías hacer ruido. Parecías un explorador atómico del mundo sonoro mirando por la mirilla de tu guitarra al mundo de los microsonidos, de los armónicos, de la esencia última de la gracia musical.

Sí. los armónicos: esas vibraciones paramusicales producidas por el choque sonoro de ondas en la misma frecuencia. Son imposibles de producir por percusión directa o pulsación de ningún instrumento. Sólo aparecen cuando las ondas resultantes de la pulsación o percusión chocan entre sí en el aire. Son tan mágicos como un eclipse, tan preciosos como un diamante, tan únicos como un arcoiris.

Joao, tú los buscaste, y encontrasete, durante toda tu vida. La bossa fue un pretexto para escarbar en la guitarra y la voz en busca de esos armónicos mágicos e irrepetibles, como burbujas flotantes un segundo antes de estallar. Valga como demo «Aos pes da Santa Cruz»: https://www.youtube.com/watch?v=IWKZrl-uE2s .

Que un tipo con tu pinta de vendedor de seguros y una corbata de rebajas de hace veinte años haya sido el mejor intérprete de la música brasileña del siglo XX da que pensar. Descansa en paz, Joao. Tus últimos años por lo visto no fueron buenos, dice la prensa. Pero tu música es inmortal. Gracias.

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