Para escribir una reseña mínimamente correcta de «Las Reglas de la Inconsciencia», primer libro publicado de poesía de Juan Repullés, tengo que -antes de entrar en materia puramente literaria- evocar algunos recuerdos.

Muy adecuadamente, éstos comienzan en Nuestra Señora del Recuerdo, colegio de jesuítas en el que ambos estudiamos y vivimos los años escolares.

Es cierto que Juan pertenecía a «la C», variopinto colectivo de holgazanes y gamberros, una de las cinco clases en las que se dividía nuestro curso. Como no podía ser menos, yo estaba en «la B», una combinación perfecta de chiquillería juguetona y aplicada, no tan estirada como «la A», donde todos eran casi casi repelentes, pero mucho más selecta que «la C», donde militaba Juan, y no digamos que «la D» o la remotísima «E», cuyas leyendas se hundían en lo más apartado del pasillo, y desde donde, como una Moria o un Mordor infantil, nos llegaban espantosas noticias de travesuras rayanas en la delincuencia.

Pero en fin, Juan nunca ha sido perfecto. Aún hoy mantiene tercamente posiciones incomprensibles, como su adoración a Dylan o su posición política, qué le vamos a hacer. Estudió en «la C».

Hay que decir a su favor, anyway, que en la tumultuosa presentación de su libro me encontré al menos con doce exalumnos de «la C», que acudieron puntuales como piñas de mayo a la llamada de Repullés. Uno, hoy, es magistrado; otro arquitecto; alguno promotor inmobiliario, y también alguno artista. Al final, «la C» ha demostrado una solidaridad a través de los años y una performance de sus integrantes que nunca hubiéramos vaticinado a la vista de su trayectoria escolar. Así es la vida, afortunadamente.

En los últimos años de colegio, ya con pelos en las axilas, Juan y yo coincidimos en una optativa del padre Ángel de Juan. Este señor, que no consigo encontrar en la Wikipedia, era un auténtico erudito en historia del arte y un apasionado profesor que insuflaba en la audiencia entusiasmo por Van Eyck, Brueghel, Dalí o el Bosco. Fue, además, pionero de la multimedia, pues sus clases consistían en un pase de diapositivas -clic, clac, prrrrrr- que De Juan comentaba y sobre las que todos los alumnos podíamos opinar.

Además de pelos en las axilas, en aquellos años Juan y yo ya teníamos interés por la literatura y el arte. Así que cuando el profesor propuso que como examen final hiciéramos una presentación multimedia, nos pusimos manos a la obra. Elegimos varios textos de «Residencia en la Tierra», de Neruda, -«Caballero solo», «La noche del soldado», el «Tango del Viudo»…- y guionizamos una presentación básica relacionando la lectura de estos textos con algunos de los cuadros que De Juan puso a nuestra disposición de su vasta pinacoteca diapositívica. Fue un éxito. En serio, fue un éxito. No sólo los gañanes irreductibles de «la C» y los delicados estilistas de «la B» apreciaron la performance: también las chicas que, por aquellos años, comenzaban a ser admitidas en el cole, nos sonrieron con misteriosa complicidad desde la penumbra de la proyección.

La vida, luego, como suele ocurrir, nos atrapó en sus rápidas corrientes, sacudiéndonos por caminos separados de espumas y rocas. Ambos estudiamos Filología; Juan, en la Autónoma, y yo en la Complutense. Nos perdimos la pista. Él se ganó la vida como diseñador y agente de comunicación de grandes empresas, mientras yo redactaba noticias para los informativos de Telemadrid y Euronews.

El sector de la comunicación nos hizo volver a encontrarnos, al cabo de los años, y ambos descubrimos que teníamos en común, además de la filología, una gran capacidad de consumo de cerveza.

Fueron los años en los que nos reuníamos en la Plaza del Ecuador para hacer alineaciones literarias. Beckett, de portero; Hemingway, en defensa central; Vallejo y De Quincey en los laterales; Cervantes naturalmente repartiendo juego desde el medio campo, con Shakespeare algo más adelantado; Federico como punta volante, con Mendoza y Houellebecq robando balones en las bandas; Ramón en el remate con su sutil toque parabólico imposible de adivinar para ningún portero. En el banquillo, como entrenador, naturalmente Franz Kafka. Nos reímos mucho con estas y similares tonterías, que nos retrotraían veinte o treinta años a la era del padre De Juan.

Muy recientemente, Juan me sorprendió con la noticia de la inminente publicación de su libro de poemas. Me entregó algunas páginas de su libro, en pruebas de imprenta pdf, hace algunos meses. Me subí en el autobús con ellas, y no pude despegar los ojos de las páginas en todo el trayecto. Me resultó una lectura tan absorbente e interesante como García Márquez o Isabel Allende, solo que en verso. Y sin necesidad de la magia surreal de los dos citados. Juan escribe realismo puro; no mágico: sus poemas tienen el tinte funcionarial de los hospitales públicos y el tono memorístico de quien mucho recuerda -es la única manera de dejar huella. Y resulta fascinante. Uno pasa páginas y páginas de versos y se siente progresivamente atrapado por la veracidad, la cercanía y la desnudez del planteamiento. En cierto sentido, «Las Reglas de la Inconsciencia» es un libro de memorias -recuerdos-: del primer amor, de los años irrepetibles de juventud, de las tarascadas dolorosas de la madurez. Es una reivindicación brillante del paraíso perdido, que siempre es paraíso porque se perdió, claro. Por cierto, el colegio tenía también el mote «Paraíso», y lo fue, en muchos sentidos.

El libro finalmente publicado por Juan tiene bastantes poemas más de los que me dió a leer en aquéllas pruebas, por lo que estas líneas no pueden considerarse reseña completa, pero da igual. La verdadera reseña es la entrega total que experimenté leyendo las pruebas en el trayecto del 9 (Hortaleza-Sevilla) y descubriendo (bueno, ya lo aprendí con Antonio López en el Thyssen) el fabuloso poder de la sinceridad. Yo soy más de engaños, de tramas, de juegos, de tonterías… Más gongorino, más andaluz, más 27. Qué más da. Al fin y al cabo, uno de los referentes de la poesía del 50 -Dámaso- fue también el mejor apóstol de Góngora. Siempre que sea intensa, la literatura es buena. Se puede mentir, jugar, caracolear, cantar… lo que no se puede nunca es aburrir. «Las Reglas de la Inconsciencia» respeta esta regla.

La elección de la foto no es casual; el realismo de Juan es tan mágico y personal como el de Neruda. Ambos con el corazón en la tierra.

3 Responses to Las Reglas de la Inconsciencia, de Juan Repullés

  1. juan repulles dice:

    Alberto, me ha gustado muchísimo, especialmente por el cariño. Una puntualización: aquella mítica presentación la hicimos en COU y por eso había chicas. Se la propusimos a Barrientos y le pedimos las diapos al padre de Juan, que ya no nos daba clase. Elegimos también algún poema de los 20 poemas de amor. Además, les metimos música de fondo, la de King Crimson sobre todo, que era nuestro grupo de cabecera en aquellos párvulos días de inocencia. Abrazote!

    • alberto dice:

      Gracias por las precisiones, Juan. De Neruda tengo dudas, fíjate, a estas alturas, creo que está mayor, seguramente podemos conservarle pero de ojeador de nuevos talentos, ¿te parece? Para vender a Houellebecq yo esperaría al menos un año. Es cierto que es muy vago y corre la mitad que los demás en los partidos, llega tarde a los entrenamientos… pero es que también con un pase te resuelve un partido. No sé.

  2. juan repulles dice:

    Y no podía tener mejor compañía que Neruda,claro, que no entiendo que no estuviera en aquella mítica alineación. Por supuesto, en el puesto de Di Stéfano, de mago y puerta necesaria por la que pasa todo el juego.

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