Los lectores interesados en este artículo quizás quieran leer antes -o también, o después- «En Rangoon, tras los pasos de Neruda», escrito hace ya casi diez años, en el que daba breve cuenta de mis andanzas por Birmania en busca del rastro literario de Pablo Neruda. Hallé muy poco, pero por el camino sí que salieron a mi encuentro nuevas conexiones que están dando ahora grandes frutos. Entre ellas, las aportaciones de Gaspar Ruiz Canela, periodista y corresponsal enamorado -como yo- del subcontinente asiático, y mucho mejor conocedor, desde luego.

También encontré el libro «Pablo Neruda: Los caminos de oriente», de Edmundo Olivares, editado en el año 2000 por LOM ediciones, y que entonces tuve que leer fragmentariamente en Google Books. Hoy, en 2019, he tenido la gran suerte de encontrar un ejemplar completo, gracias a Iberlibro. Lo he leído con devoción y admiración. Pocas veces una biografía literaria alcanza tanta altura. El paciente trabajo de recopilación de fuentes documentales -cartas, telegramas, apariciones en diarios o revistas, breves líneas aquí y allá, testimonios orales fiables…- conduce a un acompañamiento cercano y verídico por los años de gestación de Residencia en la Tierra, colección de versos absolutamente decisiva en mi vida, como en la de tantos otros aficionados a la literatura en lengua castellana y universal. Son fundamentales la correspondencia con el escritor argentino Héctor Eandi (rescatada del olvido por Margarita Aguirre en 1980) y las cartas a su hermana Laura. Por supuesto, Olivares también conoce y se basa en las obras fundamentales sobre Neruda de Emir Rodríguez Monegal, Hernán Loyola, Amado Alonso y otros insignes filólogos; su mérito es la integración de todas estas fuentes en una narración redonda, vital y completa, que sugiere tanto o más de lo que muestra. 

Edmundo Olivares construye su trabajo en torno a los siete años, de 1927 a 1933, que duró el periplo «oriental» (en realidad «asiático») de Neruda. En estos años, el poeta ocupó los cargos de Cónsul de Elección en Rangoon, Birmania (hoy Yangong, Myanmar); Colombo, Ceilan (hoy Sri Lanka); Singapore y Java. En su narrativa, Olivares efectúa numerosos flahsbacks y flashforwards a etapas anteriores -estudiantiles, residencia en Santiago… – y posteriores -ya poeta consagrado, escritor de su propia versión oficial en las memorias «Confiesa que he vivido»-; movimientos narrativos que nos ayudan a comprender y situar mejor aún la peripecia vital, emocional y literaria de aquellos siete años de soledad, destierro, lejanía y creación singular.  Muy especialmente significativos son los 4 primeros, de 1927 a 1930, correspondientes a las estancias en Birmania y Ceylán. Como veremos más adelante, el Neruda de 1931, ya en Singapore, y casado a finales de año, resulta muy diferente en lo esencial del de Rangoon y Wellawatta. (Después de redactadas la mayor parte de estas líneas, aprendo con alegría que Olivares tiene otros dos volúmenes editados, «Los Caminos del Mundo», y «Los Caminos de América», en los que continúa la saga de seguimiento de la peripecia vital de Neruda. Me haré con ellos, naturalmente. También es autor de una «hiperguía nerudiana» que ha formado parte de la multimedia expositiva en muestras itinerantes; ignoro si este trabajo digital está disponible en algún soporte)

La narración principal de Olivares está construida con solidez de guión cinematográfico; de hecho, el libro da unas ganas terribles de traslado a película, cosa que se deja soñar. Se estructura en torno a breves capítulos de tres o cuatro páginas, cada uno de ellos centrados en una situación, un personaje, una vivencia, una microetapa, un factor necesario y alumbrador para entender mejor la gran sinfonía del conjunto. Una biografía literaria que, en mi opinión, debería situar a Edmundo Olivares a la altura de los Alonso (Amado y Dámaso) en su combinación de erudición precisa y pasión e interés por el sujeto de sus investigaciones. Una obra maestra de la filología hecha vida.

Intentaré en este artículo, pues, resumir las principales conclusiones que me deja la lectura de esta maravilla, finalizada pocos meses antes de mi viaje a Ceylan, ya Sri Lanka, donde me propongo visitar la 42 Line Street de Wellawatta, en las afueras de Colombo, donde residió Neruda entre enero de 1929 y junio de 1930, en un gran caserón con muy pocos muebles; que creo que ya fue demolido, pero que intentaré ubicar. En todo caso serán las mismas coordenadas, pues la dirección es precisa, mucho más de lo que me resultó la Dalhousy Street de Rangoon, que no conseguí localizar. 

Antes de su viaje, Neruda era ya un poeta conocido y admirado, aunque también criticado y denostado. «Crepusculario» y «20 poemas de amor y una canción desesperada» le habían situado ya como referencia a tener muy en cuenta en la joven poesía chilena de los 1920. También había escrito la «Tentativa del hombre infinito», texto considerado por muchos premonitorio del estilo de «Residencia…». Desde el inicio Neruda no buscó para su estilo la modernidad entendida como el maquinal futurismo o la fría geometría abstracta que hacían furor en París, entronizadas por -entre otros- su compatriota Vicente Huidobro, con quien nunca congenió. No; Neruda siempre buscó contactar con lo más hondo de lo literario; la forma sólo fue un vehículo, pero no podía ser lo imperativo. Eso sí: para poder decir lo hondo había que encontrar la voz propia, y para ello quizás bucear en las aguas más oscuras, frías, solitarias y definitivas del alma. Y eso, precisamente, es lo que hizo en Asia. En contra de su voluntad inicial, quizás; nunca tuvo ni temperamento ni tendencias autodestructivas; de haberlas tenido seguramente no habría sobrevivido a su residencia en aquellas tierras. 

De todas formas, conviene decir que Neruda sí quería ser un innovador, aunque no comulgara con la estética futurista. Quizás desde París podían verle como un «romántico empedernido» -autor de los «20 poemas…», pero es muy evidente que el estilo y la intención de Residencia entronca con el surrealismo, nace en la misma atmósfera onírica, es de su época; y con mucha más intensidad que los productos literarios de relativo salón o café producidos en París: Residencia en la Tierra maduró en Asia, entre el calor y el monzón, en medio de gentes para quienes la poesía occidental no es nada, en soledad, fiebre y lucha por sobrevivir. 

Ricardo Reyes -nombre de pila del poeta- salió de Chile con 23 años, en junio de 1927, básicamente por tres razones: una, la falta de respuesta amorosa de Albertina Rosa Azócar, amiga y amante de universidad, musa e inspiradora de los «20 poemas de amor…» Otra, el rechazo del padre a su vocación literaria, y el reto que esto supone en la fórmula clásica de «gánate primero la vida como un hombre y luego dedícate a lo que quieras». Y la tercera, su empeño de encontrar una voz y un estilo propios, para lo cual sabía, o intuía, que la distancia y la aventura serían de ayuda.

Desengañado de amor, rechazado relativamente por la familia y empeñado en encontrar modos literarios únicos e intransferibles, Neftalí Ricardo Reyes solicitó en 1927 el cargo de Cónsul de Elección en Rangoon, Birmania, a la sazón el destino más insólito que pudo elegir. Ya que «cónsul de elección» no significaba otra cosa sino que aceptaba un cargo sin remuneración fija, con cierto lustre diplomático, sí, pero que prácticamente nadie quería. Probablemente no tenía conocimiento, al emprender viaje , de qué profundidad era el abismo entre la sonoridad diplomática del consulado y la realidad vital y profesional que le esperaba. 

El trayecto de Santiago a Rangoon duró tres meses, con etapas en París y Madrid. En ambas ciudades realizó breves encuentros literarios con figuras como César Vallejo y Alfredo Cóndon en París, y Guillermo de Torre. Los tres resultarán importantes para el futuro. 

En la parte inicial de su periplo de siete años, Neruda tuvo afortunadamente un magnífico compañero de viaje: Álvaro Hinojosa -amigo, aventurero, fabulador, soñador, urdidor de negocios imposibles y enamoradizo viajero.  Álvaro llegó con Pablo a Rangoon, y vivió con él los primeros meses, novedosos, excitantes, salpicados de anécdotas y aventuras como dos veinteañeros querrían vivir en tierras remotas.

Pero no nos engañemos. La estancia de Neruda, en general, en Asia, tanto en Birmania como en Ceilán, fue de todo menos fácil y placentera; podría calificarse de infernal. Más allá de la diversión juvenil y las correrías pseudoconsulares, la realidad fue que no tenía apenas medios para subsistir, le agobiaba el calor tropical, y muy muy a menudo se preguntaba qué demonios hacía en aquel rincón del mundo. Se deduce de la lectura de Olivares (de cuyo libro todas estas líneas son sólo paráfrasis) que si el poeta aguantó siete años (sobre todo los terribles tres primeros) en latitudes subasiáticas fue, simplemente, por no tener ninguna alternativa viable ni medios de subsistencia en otra parte, y por una remota  esperanza  de prosperar en la carrera consular a corto o medio plazo. Hubo momentos, especialmente en Ceilán, en los que estuvo muy cerca del abandono total, del dejarse ir sin importar nada, y esos momentos de tocar fondo fueron, también, definitivos para su persona y su poesía. Pero el conjunto de su estancia en oriente puede definirse con un titular: una temporada en el infierno. ¿Os suena?

Si, es Rimbaud: «Une saison en Enfer». Una de las primeras y asombrosas conclusiones del libro de Olivares (ignoro si antes otros críticos lo habían apuntado) es el asombroso paralelismo entre la peripecia vital de Rimbaud en África y de Neruda en Asia. Ambos partieron a lo desconocido; ambos fueron letrados exquisitos catapultados por la juventud a países y regiones del planeta que -si hoy son todavía inhóspitas y hostiles a la mentalidad occidental- entonces eran auténticos enigmas vitales de supervivencia.

Neruda estudió pedagogía de francés en su universidad chilena. En aquéllas aulas conoció a Albertina Rosa. Y también a Rimbaud. Creo -y esto sí es una interpretación personal- que el propio título de «Residencia en la Tierra» parece una variante española, por sonoridad y significado, de «Une saison en Enfer». Ambas frases son heptasílabas, y tienen el mismo ritmo de acentos. Pronunciadlas, leedlas. Neruda cambia el infierno por la tierra -más simple, más terrible- y la temporada por la residencia, pero la estructura, y sobre todo la vivencia, es muy parecida. 

Afortunadamente, Pablo sobrevivió a su temporada en la tierra de oriente.

Otro de los datos interesantísimos del libro de Olivares -tomado en este caso de las investigaciones de Hernán Loyola– es que el poeta llevaba, antes de partir de Chile, varios de los poemas que más tarde formarían parte de «Residencia en la Tierra»; en concreto Madrigal escrito en invierno, Serenata, Galope muerto, Alianza (Sonata), Fantasma, Débil del alba, Unidad, Sabor y Caballo de los Sueños. Nueve en total, y no precisamente insignifcantes. Así pues, tras «Tentativa del hombre infinito», Neruda no sólo tenía en mente, aún en Chile, un nuevo estilo, sino parte de los textos de su siguiente libro, que por entonces tenía como título provisional «Colección Nocturna». Así lo escribe en diciembre de 1927, ya desde Rangoon, en carta a Yolando Pino: «Escribo cada vez menos. Hace dos años pienso en un libro del cual llevo escritas doce cosas. Esa es mi única labor. A ver si lo termino en la tranquilidad de estos días en Birmania. Se llamará Colección Nocturna.» Son ya doce, por tanto, los textos que en junio del mismo año eran sólo nueve. Poca productividad, pero intensa. Colección nocturna es hoy uno de los poemas de «Residencia…»; Olivares apunta con razón que debió ver la luz por aquéllas fechas, y que el poeta lo consideró tan importante como para dar título al nuevo libro entero. 

Ahora bien, doce poemas no hacen un libro, ni apenas aún un estilo… «Residencia en la Tierra» es el resultado de ese impulso inicial multiplicado por el impacto de un shock cultural y vital intensísimo, en el que la soledad, la desesperación y el desamor juegan un papel fundamental, y en el que Birmania y Ceylán funcionan como escenario perfecto para el desarraigo, la extranjería y la perdición de toda vanidad personal. Neruda siempre negó, en sus Memorias, que «oriente» (Asia) -en el sentido clásico y hippy del término- hubiera tenido alguna influencia en su lírica (como si la tuvo, reconocida, en Octavio Paz, por ejemplo). Pero de lo que no cabe ninguna duda es que los años de Birmania y Ceylán supusieron una catarsis vital, durísima, transformadora, dolorosa y terrible a veces, que extrajeron del poeta lo mejor de sí mismo, y algunos de los mejores versos de la literatura en lengua española. 

Desde octubre a diciembre de 1927 Neruda, como cuenta Olivares -que para esto se basa en gran medida en la correspondencia del poeta con Héctor Eandi, sobre la que volveremos más adelante-, vivió sus primeros meses en Birmania, a medio camino entre la aventura juvenil y el intento de construir una carrera consular y económica propia. Las tareas diplomáticas se limitaban a poner un sello cada tres meses en la documentación de un carguero que atracaba en Rangoon camino de Chile. Lo demás, tiempo libre. Y el sueldo, claro, tan escaso como sus tareas. Muchas noches en albergues YMCA, en pensiones dudosas, o en catres amorosos igualmente perecederos. En enero de 1928, los dos amigos emprendieron un viaje -hoy diríamos «de mochileros» por China y Japón. Neruda escribía algunas crónicas de viaje para el diario La Nación, crónicas que nunca fueron retribuidas; por lo demás, ambos amigos vivían de juventud, arroz, aire y el buen humor más voluntarioso. 

[Estas son algunas de las fotos de Rangoon tomadas en el viaje a Birmania de 2009. La cuarta es el hotel Savoy, donde nos alojamos; la quinta una vista de la zona sur-puerto de la ciudad, donde debió estar Dalhousy street. Las de barco son transbordadores a diversos destinos; población en su día a día. También hay un «monzón de agosto».]

En abril de 1928 Neruda regresa a Rangoon, y poco tiempo después hace estable su relación con una de las musas de la noche local, una mujer sin la cual la literatura española no sería la que es, y de la que no sabemos nada más que el rastro que ella misma quiso dejar en los versos y memorias del poeta. Josie Bliss -nombre anglófono de quien debió ser una chica con cierta educación y proyectos de relación con la comunidad comercial, diplomática y funcionarial occidental- acogió en su bungalow (¿Dalhousy Street?) a Neruda; convivieron entre mayo y noviembre de 1928, aproximadamente Se entendían en inglés. A ella no debía irle del todo mal antes de conocer a Pablo, pues podía pagar su bungalow -Dalhousy Street está muy cerca del centro de la ciudad, debía ser una localización cotizada. ¿Buscó Neruda una amante permanente, una mujer estable? ¿Qué edad tenía Josie? ¿Fue Neruda su gigoló, su mantenido, además del mayor amor de su vida, de lo que luego daría prueba? En sus memorias, el poeta afirma que hubiera podido vivir con ella indefinidamente, de no ser por sus celos enfermizos -esa Josie retratada en el Tango del Viudo cuchillo de cocina en mano, rondando al poeta por la noche dudando si matarle para evitar infidelidades. 

Como tantas otras historias de amor, la de Neruda y Josie es tan esencial y poliédrica que admite muchas interpretaciones. Son muy recomendables las de Eda Cleary, «La Amante Birmana» , y «Neruda en Ceilán«, sobre todo porque aportan un punto de vista crítico y desmitificador, reivindicativo para Josie. La lectura de las notas de Eda Cleary es sin duda muy recomendable. 

En agosto de 1928, tras tres o cuatro meses de residencia en Dalhousy Street con Josie, «Residencia en la Tierra» parece haber adquirido no sólo su título definitivo, sino también un volumen importante de nuevos textos. El 6 de agosto Neruda escribe a su amigo González Vera: «Mi nuevo libro se llamará Residencia en la tierra y serán cuarenta poemas en verso, que deseo publicar en España. Todo tiene igual movimiento, igual presión, y está desarrollado en la misma región de mi cabeza, como una misma clase de insistentes olas.» Y en septiembre, a Héctor Eandi: «He completado casi un libro de versos, Residencia en la Tierra, y ya verá usted… con qué sustancia sólida y uniforme hago aparecer insistentemente una misma fuerza.»

Es decir: los meses de convivencia con Josie Bliss habrían resultado, estos sí, prolíficos y productivos. Quizás la tranquilidad relativa de algo parecido a un hogar, y seguramente las largas noches de abrazos y cariño con su amante lo hicieron posible. Hay que decir que aunque «Residencia en la Tierra» está dividido en capítulos cronológicos que agrupan textos de diferentes épocas, parece inevitable pensar que Neruda también barajó los versos y poemas por razones puramente estéticas, por concordancias y resonancias íntimas. Un poeta escribe cosas después de muchos años que son la continuación de una lágrima o una sonrisa precedente en décadas. «Residencia en la Tierra» no es un diario, no es cuaderno de bitácora, aunque tenga estas divisiones de etapas cronológicas. 

Al menos seis de los poemas de Residencia en la Tierra tienen a Josie por protagonista absoluta: Juntos nosotros, Diurno doliente, La noche del soldado, El joven monarca, Tango del viudo y Josie Bliss -este último es ni más ni menos el texto que cierra el libro. Creo que es posible que toda a magnífica serie de textos en prosa compuesta por La noche del soldado, Comunicaciones desmentidas, El deshabitado y El joven monarca nacieran en Dalhousy Street, mientras Josie cocinaba o ponía discos previos al encuentro sobre la esterilla. Párrafo aparte merece «Tango del viudo».

Fue escrito a bordo del barco que llevaba a Neruda hacia Colombo, Ceylán, su nuevo destino «diplomático», y después de perpetrar un abandono engañoso dejando atrás zapatos, enseres y libros, y a Josie Bliss llegar a la solitaria y dolorosa conclusión de la fuga de su amante, sin una palabra, ni una explicación. Los artículos de Eda Cleary, y el propio libro de Olivares, nos mostrarán después hasta qué punto el amor de Josie era verdadero, pues fue capaz, cinco meses después, de cruzar el mar desde Rangoon a Colombo para intentar recuperarle, y no fue con un cuchillo de cocina, sino con un saquito de arroz y los discos de Paul Robeson que ambos escuchaban entre amor y amor en el bungalow de Dalhousy Street. Neruda, entonces, ya no la quería, o no la necesitaba, y sólo aceptó acompañarla de regreso al puerto de embarque porque ella se comprometió a dejarle en paz a cambio de esa despedida. Así la narra el propio poeta en sus Memorias:  

«Cuando el barco estaba por salir y yo debía abandonarlo, se desprendió de sus acompañantes, y besándome en un arrebato de dolor y amor, me llenó la cara de lágrimas. Como en un rito me besaba los brazos, el traje, y, de pronto, bajó hasta mis zapatos, sin que yo pudiera evitarlo. Cuando se alzó de nuevo, su rostro estaba enharinado con la tiza de mis zapatos blancos. No podía pedirle que desistiera del viaje, que abandonara conmigo el barco que se la llevaba para siempre. La razón me lo impedía, pero mi corazón adquirió allí una cicatriz que no se ha borrado. Aquel dolor turbulento, aquellas lágrimas terribles rodando sobre el rostro enharinado continúan en mi memoria.». 

Josie volvió a Rangoon, y se perdió por sus calles, también como Rimbaud en África, como una gota en el mar, y nunca más se volvió a saber de ella. Aún así, es inmortal. Si algun día se lleva a cabo la película de la gestación de «Residencia en la Tierra», los meses de Dalhousy Street en Rangoon, seguramente reducidos a una veintena de minutos por exigencias del guión, serán seguramente la parte más intensa de la peli. Recordemos que en ella Neruda pasó de tener doce poemas a casi completar cuarenta, si tomamos al pie de la letra los textos de las cartas citadas anteriormente. 

En enero de 1929 encontramos a Neruda instalándose en su nueva residencia, en Ceylán, hoy Sri Lanka. Después de algunos tanteos, alquila una casa en las afueras de Colombo, en el distrito de Wellawatta, en primera línea de océano: un gran caserón que apenas amueblará con un catre de soldado, dos o tres sillas y una mesa. Sus labores consulares siguen siendo muy poco exigentes, y él tampoco hace nada por acrecentarlas. Es posible que el cargo de «cónsul de elección», en manos y mentes más emprendedoras, hubiera podido generar negocios alternativos; al fin y al cabo, representa a todo un país. En Rangoon, Álvaro Hinojosa casi consiguió contagiar al poeta de un primitivo empuje comercial en este sentido. Pero ni Neruda tenía interés real, o capacidad, para conducir al éxito negocios de import-export, ni los ingleses, bajo cuyo férreo control imperial y comercial se desenvolvía todo en la zona por entonces, lo hubieran permitido. Los «espantosos ingleses», citados en el Tango; con quienes Neruda nunca congenió en ninguna de sus etapas asiáticas (lo mismo que Rimbaud en África, señala con acierto Olivares). Los ingleses -al menos sus círculos más stablishment y oficiales- miraban con sorna y desprecio al joven cónsul chileno que se mezclaba demasiado -o demasiado en público- con la población local, especialmente la femenina.

Cuando Neruda se instala en Wellawatta lleva ya un año y medio de residencia en el subcontinente asiático. Ya no es un novato. Su inglés ha mejorado notablemente, se desenvuelve, y también empieza a conocer las rutinas y los modos locales, aunque el batiburrillo de razas, tradiciones y creencias haga del tejido social una maleza tan impenetrable como la propia jungla. Pero ya no es un novato.

En su solitaria y oceánica mansión de Wellawatta, ya sin la compañía de Álvaro Hinojosa (se fue a Nueva York a probar otras fortunas cuando Pablo dejó Birmania), Neruda se dirige a su propia profundidad. Largos paseos por la playa, convivencia con los pescadores, mucho trato con perros y gatos callejeros a los que abre las puertas de su casa, mucha soledad, y solo la correspondencia con el argentino Hector Eandi para mantener vivo su vínculo con su vocación literaria. 

Nunca se alabará bastante el papel de Eandi en la gestación de Residencia, y en la propia trayectoria vital de Neruda. Hector Eandi, a quien la Wikipedia dedica estas exiguas líneas, comenzó a cartearse con Neruda en 1926, tras enviarle una reseña de los Veinte poemas en la revista argentina Cartel. Fue una amistad epistolar, desinteresada, espontánea. No se conocieron personalmente hasta 1933, al final de todo el ciclo asiático. Eandi era ocho años mayor que Neruda; ambos querían ser escritores; compartían cultura, lengua y objetivos en la vida. No compartían pasado; la suya fue una amistad siempre volcada a futuro, una correspondencia tejida desde el desinterés. Amistad epistolar que nos recuerda que no hace mucho aún que las cartas y mensajes tardaban semanas o meses, atravesando océanos; fue precisamente a finales de los años 1920 cuando el correo aéreo empezó a desarrollarse, como el propio Edmundo Alvarado nos recuerda en las deliciosas introducciones de contexto histórico-social que escribe para cada uno de los capítulos anuales en los que se estructura su libro.

El feng-shui de Neruda en Wellawatta fue seguramente mucho más favorable que el de Rangoon; la luz del océano y, sobre todo, la honda sensación de independencia y soledad en que vivió le condujeron a una depuración estilística no por menos buscada menos afortunada. Según se desprende de sus cartas y memorias, el poeta siguió escribiendo poco. Muchos de sus días y sus noches se reducían a la inacción total, salvo para paseos oceánicos, lectura de literatura inglesa y, a menudo, consumo excesivo de whisky de garrafón. Leyó mucho, eso sí, nos consta, de todo, gracias a las aportaciones librarias de su amigo Lionel Wendt, que cada semana dejaba ante su casa de 42 Line Street auténticas carretillas de libros en inglés, tanto clásicos como novedosos: Joyce, Lawrence, Shakespeare… La inmersión de Neruda en la lengua inglesa fue tan abismal como su propio rechazo a los círculos sociales británico-imperiales. Edmundo Olivares apunta que el poeta comenzó entonces a hablar mal el español; a cometer en sus cartas frecuentes faltas léxicas, anglicismos gramaticales. Al fin y al cabo, salvo por las cartas Eandi y a su hermana Laura, no había nadie con quien platicar castellano. Llama la atención que no buscara -¿no había?- amistad con diplomáticos o comerciantes argentinos, mexicanos… . En todo caso, el residente de Wellawatta que nos dibuja con trazos maestros Alvarado es un solitario habitante de mansión desamueblada, a la orilla del océano, sin nada que hacer salvo leer, dormir, beber y recibir de vez en cuando la visita de algunas chicas locales, entre las que destaca Patsy -de nuevo un nombre inglés para una «nativa». Al fin y al cabo, la ermitañez del poeta en Wellawatta no debió ser tan intensa: desde luego, estaba en el radar de las groupies locales afines a los círculos diplomáticos y comerciales. 

Desde Wellawatta intenta diversas gestiones para conseguir escapar de su miserable función consular a otra de mayor salario y mejor conexión con el mundo. Hector Eandi, adivinando en las cartas una peligrosa proximidad del poeta con el abandono y el alcoholismo, inicia gestiones de repatriación, en las que participa el entonces embajador mexicano en Buenos Aires, Alfonso Reyes. Pero nada. No se produce el relevo, ni la mejora, y Neruda parece continuar indefinida y narcóticamente su vida de lecturas, paseos, profunda -y a veces seguro que gozosa- inmersión en los más hondo de sí mismo. 

El 24 de octubre de 1929 se produce una nueva referencia directa a Residencia en la Tierra en carta a Héctor Eandi: «He estado escribiendo por cerca de cinco años estas poesías, ya ve usted que son bien pocas, solamente 19, sin embargo me parece haber alcanzado esa esencia obligatoria: un estilo, me parece que cada una de mis frases está bien impregnada de mí mismo, gotean.». Solamente 19, escribe. ¿Se ha producido una purga desde la cuarentena alcanzada el año anterior en Rangoon? Es muy posible. ¿Cuáles eran entonces esos 19 textos? Corresponde seguramente leer a Hernán Loyola ( descatalogado; habrá que rebuscar…), a quien Alvarado cita como máximo experto en la datación y seguimiento de las circunstancias específicas de creación de cada texto. 

De lo que no cabe duda es de que Wellawatta, su luz y su océano, la soledad y la propia resignación del poeta a un futuro incierto, contribuyeron a la gestación de algunos textos más de Residencia en la Tierra. El estilo estaba consolidado. 

El capítulo final de la inmersión en lo hondo de Neruda se inicia en diciembre de 1929, cuando recibe una misteriosa carta de su primer amor, Albertina Rosa, desde Bruselas; carta que vuelve loco al poeta y le hace iniciar inmediatamente trámites para el viaje de Albertina a Ceylán, para casarse con ella. Pide un préstamo para amueblar la casa y gestionar el viaje; y escribe como un adolescente carta tras carta a la musa de los Veinte poemas pidiéndole que le dé detalles de su llegada, haciendo planes… Pero ¡ay!, después de aquella misteriosa y breve postal desde Bruselas Albertina enmudece, no vuelve a escribir, y después de tres meses de infructuosas gestiones y misivas desesperadas Neruda admite la cruda realidad: Albertina no vendrá. Le ha abandonado a su suerte, irónicamente quizás como él a Josie Bliss, ignorando las lágrimas manchadas de tiza y los besos rituales. 

El desengaño de Neruda es entonces definitivo, y doble: no sólo de la carrera consular, sino también del amor. Él rechazó el de Josie; Albertina el suyo. ¿Qué se puede hacer después de esto? Casarse. ¿Con quien? Veremos. 

En 1930 el poeta obtiene el doble consulado de Java y Singapore, con residencia en Batavia (hoy Yakarta). El nombramiento se le comunica en febrero; y toma posesión del cargo en junio. 

En pocos meses establece relación con Maria Antonia Haagenar, Maruca, joven holandesa con la que contrae matrimonio en diciembre del mismo año. Un noviazgo rápido, sin duda. Se deduce que Neruda tenía en mente, desde luego, casarse; quizás como huida de la soledad, o para cerrar definitivamente la herida de su despecho con Albertina.   

Una curiosa carta de septiembre de 1931 nos da una imagen curiosa y reveladora de la relación que Pablo buscaba y vivió en su matrimonio con Maruca. ¿Un sueño digno de Scott Fitzgerald? ¿Una nostalgia tardía pero necesaria de vivir, episodios dignos de happies y roaring twenties, precisamente cuando el mundo occidental se derrumbaba tras el crash del 29? Es posible. La carta describe desde luego una rutina diaria mucho más cercana al Gran Gatsby que al Canto General: «Mi mujer es holandesa, vivimos sumamente juntos, sumamente felices en una casa más chica que un dedal. Leo, ella cose. La vida consular, el protocolo, las comidas, smokings, fracs, chaqués, uniformes, bailes, cocktails, todo el tiempo, un infierno… Huimos en automóvil con termos y cognac y libros hacia las montañas y la costa. Nos tendemos en la arena, mirando la isla negra, Sumatra, y el volcán submarino, Krakatoa. Comemos sandwiches. Regresamos. No escribo. Leo todo. Proust por cuarta vez. Me gusta más que antes… Salimos a comer en restaurantes, bebemos cerveza…»

Una atmósfera de frivolidad más digna de Hollywood que de Residencia en la Tierra, ¿verdad? Mi teoría personal es que con el silencio de Albertina Rosa en Ceylán,  Neruda tocó fondo en su capacidad de sufrimiento personal, y por eso buscó, en Singapore y en su primera mujer, una ficción de felicidad y éxito terrenal. La inmersión había llegado a su fin. Es comprensible; hay un límite para todo. 

Su empeño por hacer llegar a las gacetillas de crónica social chilenas fotos y noticias de su feliz matrimonio apuntalan esta idea. Quizás tenía la secreta esperanza de que Albertina llegara a tener noticia de su casamiento, y captara el mensaje de su desdén, una secreta y subterránea venganza emotiva en la que hay que lamentar bajas colaterales, pues el poeta no soportó por mucho tiempo a su primera esposa, y la abandonó en pocos años, no solo a ella, sino a una hija de ambos, nacida con la enfermedad de hidrocefalia. 

Lo que hizo Neruda con su primera mujer y con la hija de ambos (Malva Marina, nacida en Madrid en 1934), tras unos primeros y breves años de convivencia, abandonándolas en Europa, privándolas al parecer de apoyo económico y desinteresándose de su suerte mientras él comenzaba a saborear las mieles de una gloria literaria creciente, es difícil de comprender para todos los que admiramos su genio y su hondura: la muerte de la pequeña, con ocho años de edad, y el calvario de Maruca, que incluyó captura y residencia en el mismo campo de concentración que Anna Franck -fue una de las muy pocas supervivientes tras la liberación-, y después su arrastrada vida hasta morir en 1965, siempre apartada de la gloria y la vida de Neruda, como una lacra, en un divorcio no reconocido ni siquiera por la legislación chilena.  Estos dos artículos desarrollan brevemente las vidas de Malva Marina -la hija- y Maria Antonia Haagenar -la esposa abandonada.

Pablo Neruda, tras su estancia en oriente (Asia) cambió. ¿Sus largas y dolorosas horas de soledad en Rangoon y Wellawatta le hicieron aborrecer para siempre la soledad más honda? Es posible. En todo caso, su trayectoria vital viró hacia el compromiso político y social. Se implicó hasta la médula en los avatares subsiguientes de un siglo convulso como pocos. Vivió con desgarro e intensidad las guerras europeas y en especial la civil española: «España en el corazón». Se afilió al partido comunista. Consagró muchos de los mejores años de su talento literario a la causa de la revolución social, y compuso un «Canto General» con pretensiones de epopeya del movimiento obrero chileno. Cierto es que nunca perdió contacto con su pasado, ni dejó de ser el magnífico poeta de sus propios orígenes. Adquirió una maestría del verso, un virtuosismo de la lengua, que hubiera deslumbrado prácticamente hablando de cualquier asunto, o aún simplemente redactando una guía de museo o instrucciones de ensamblaje de muebles de IKEA. Sin embargo, somos muchos los que pensamos que nunca volvió a igualar la tensión de sus primeros libros, especialmente la de Residencia en la Tierra; el Canto General nos resulta básicamente un tostón interminable. Donde hubo, queda, y por eso de vez en cuando brilla lo antiguo en algunos poemas de Estravagario, o en el Memorial de Isla Negra, pero… siempre hablamos -y es así, llevo muchos años de tertulias amistosas con otros poetas acerca de Pablo Neruda- de un antes y un después de Residencia. Es algo parecido a lo que decimos también los que amamos a Elton John: después de Captain Fantastic, no hizo gran cosa. 

Prácticamente la mitad de los poemas de Residencia en la Tierra están fechados por el propio Neruda entre 1931 y 1935, es decir, después de sus etapas en Birmania y Ceylán. Entre ellos, algunos fundamentales como Un día Sobresale, Sólo la muerte o Barcarola (mi favorito entre todos).  Sin duda algunos fueron escritos durante la estancia en Madrid: Maternidad, Enfermedades en mis casa, Oda a Federico García Lorca… hacen referencia a sucesos y personas que vivió a partir de 1934. Son textos de la misma potencia lírica que los de la primera parte (1925-1931), aunque quizás más dispares entre sí. Mi impresión personal es que los mejores textos del conjunto atraviesan de manera transversal toda la década de 1925 a 1935, pero que los años del 27 al 30, los de Birmania y Ceylán, fueron decisivos para el aquilatamiento definitivo de la maestría estilística que luego aplicó a sentimientos, situaciones y motivos menos solitarios. 

En sus años maduros, Neurda buscó en Isla Negra, al sur de la costa chilena, un lugar frente al océano, y coleccionó miles de caracolas; muchas más que libros. También coleccionó mascarones de proa de barcos legendarios. Su casa de Isla Negra fue arrasada e incendiada tras el golpe de estado de Pinochet en 1973. Dos años antes, había ganado el Premio Nobel. 

Una vida literaria da para mucho, desde luego. La de Neruda es quizás especialmente intensa y ejemplar de la trayectoria social e histórica del siglo XX. Merece la pena indagar en ella, y la obra de Edmundo Olivares es una magnífica iniciación. 

Viajaré a Ceylán, Sri Lanka, Wellawatta, y haré fotos en 42 Line Street, frente al océano, que seguirá siendo el mismo. Algún día quizás viajaré a Chile, visitando Temuco, Valparaíso, Santiago e Isla Negra –ojalá. Seguiré leyendo a Neruda con admiración, como siempre a Kafka, Bukowsky, Lovecraft, Cervantes o Góngora. Y soñaré también con escribir, algún día, el guión de la película «Residencia en la Tierra», noventa minutos de metraje en los que el runrún de los amantes de Dalhousy Street, los discos de Paul Robeson, las olas del Índico batiendo en Wellawatta, el eco de los pasos del poeta por el caserón desamueblado y, sobre todo, los versos de Residencia, sonarán…

«…con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño,

como aguas vacilantes,

como el otoño en hojas,

como sangre,

con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo, 

soñando como sueños o ramas o lluvias,

o bocinas de puerto triste, 

si tú soplaras en mi corazón, cerca del mar,

como un fantasma blanco,

al borde de la espuma,

en mitad del viento,

como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.»

(Barcarola)

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