La figura pública de Gabriel García Márquez está -como todas- marcada por numerosos equívocos. «La fama es siempre un malentendido», dijo el gran Cioran, con razón.

Seguramente su imagen más icónica es la de traje de lino blanco en la recogida del Premio Nóbel, en 1982. No hay muchas más. Gabo no se prodigó en medios, a pesar de su perfil y formación periodística. Sus simpatías con el régimen castrista en Cuba dejaron algunas fotos y titulares que marcaron imagen, también. Su reconocida enemistad con otro gigante, y antiguo amigo, Mario Vargas Llosa, hizo quizás a algunos tener que elegir entre dos creadores de dimensiones poco frecuentes.

Cuando Gabo publicó, en 1967, «Cien años de soledad», el mundo literario y editorial vivió una conmoción terremótica cuyo único precedente seguramente sea la propia publicación, en 1605, de la primera parte de El Quijote. Ambos libros fueron éxitos inmediatos, a un nivel y con una intensidad desmesuradas. Sin promoción, sin campañas, sin marketing. Simplemente por calidad.

La historia de la literatura, que tantas puertas abre a las opiniones, reconoce unánimemente que estas dos obras tienen eso en común: la capacidad inmediata de conexión y agrado con públicos no predispuestos, universales. Por eso, entre otras cosas, son obras maestras.

Como tantos otros españolitos de a pie, mi primera lectura de «Cien años de soledad» fue hipnótica. Tardé muy poco en leerlo -de hecho, esa capacidad de absorción era uno de los reclamos característicos del libro. Y me maravilló, claro, cómo no. Su magnitud creativa y su capacidad de atracción gravitatoria hacia el universo fantástico de Macondo son irresistibles.

Volví a leerlo una o dos veces más en los años siguientes, entre 1975 y 1990. Y me siguió fascinando.

En 1975, precisamente, García Márquez publicó «El otoño del patriarca». Creo recordar que también lo leí a principios de los 80. Deslumbrado por el fenómeno editorial y sociológico de Cien Años de Soledad, me pareció una obra menor, digna heredera de la cumbre anterior, pero no a su altura.

Después de muchos años, volví a «Cien años…» como el ciervo herido por la sed de la herida de la edad, buscando abrevar mi incipiente vejez en las mágicas aguas de sus páginas. Las primeras veinticinco o treinta calmaron, en efecto, la urgencia sedienta del adicto reincidente. Pero más allá de ellas, se me cayó de las manos.

Entretanto, había descubierto inesperadamente a Isabel Allende, cuya propia interpretación del Realismo Mágico en la serie de Eva Luna y los cuentos de E.L. acompañaron un par de vacaciones y me hicieron, por primera vez, decir en público que una mujer puede escribir, para mi gusto, mejor o igual que cualquier hombre -y sin dirigirse específicamente a un público femenino.

En esto cayeron en mis manos dos viejos libros de bolsillo editados por Plaza y Janés: «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada», y «El otoño del patriarca».

La lectura del primero, colección de cuentos ce 1972, encendió en lo más profundo de mi alma, a mano izquierda, en el sótano, una luz azulada de recuerdo de la capacidad fabulatoria del buen Gabo. «Un señor muy grande con unas alas enormes», o «El último viaje del buque fantasma» me devolvieron a la época -hablo de un salto de unos cuarenta años- de fascinación de lectura juvenil de los «Cien años…».

Después, abordé «El otoño», que aún tengo entre manos.

Dice la Wikipedia que esta obra está considerada «su novela más compleja y elaborada.» No sé si es así, pero sí puedo decir que es una cumbre comparable a las Soledades de Góngora o el Romancero Gitano de Federico.

Voy a citar sólo algunos de los párrafos sonoros y rutilantes que motivan mi entusiasmo:

«… y era tanta su pena que alborotaba a los pájaros en las jaulas para que nadie se diera cuenta de las penurias del hijo, (…) y estropeaba la siesta de los turpiales obligándolos a reventar para que nadie oyera su resuello sin alma de marido urgente, su desgracia de amante vestido, su llantito de perro, sus lágrimas solitarias que se iban como anocheciendo…»

«y lo llevaba a las recepciones diplomáticas con aquel aliento de tigre que alborotaba a los perros y les causaba vértigo a las esposas de los embajadores…»

Este me parece especialmente fabuloso:

«…iba dejando el rastro de polvo del reguero de estrellas de la espuela de oro en las albas fugaces de ráfagas verdes de las aspas de luz de las vueltas del faro…»

Este también, terrible:

«…preguntándose asustado dónde podías vivir en aquella tropelía de nudos de espinazos erizados de miradas satánicas de colmillos sangrientos del reguero de aullidos fugitivos con el rabo entre las patas de la carnicería de perros que se descuartizaban a mordiscos en los barrizales…»

En fin, próximamente espero daros más noticias de mi redescubrimiento de García Márquez. Está siendo algo grande y especial.

Chagall en el fondo del mar.

Como respuesta al amable comentario de Juan Repullés Nuño Rosa en el artículo anterior, quiero traer aquí otro párrafo sublime, que bien podría titularse «Chagall en el fondo del mar». Pertenece a «El mar del tiempo perdido», uno de los cuentos incluídos en la colección de «Eréndira», y fechado en 1961, es decir, siete años antes de los Cien de Soledad, y 14 antes del Otoño patriarcal. La referencia a Marc Chagall resulta subrayable por la onomástica judía de los protagonistas del cuento: Jacob, Tobías… Dice así;

Fueron. Nadaron primero en línea recta, y luego hacia abajo, muy hondo, hasta donde se acabó la luz del sol, y luego la del mar, y las cosas eran sólo visibles por su propia luz. Pasaron frente a un pueblo sumergido, con hombres y mujeres de a caballo, que giraban en torno al quiosco de la música. Era un día espléndido y había flores de colores vivos en las terrazas.

-Se hundió un domingo, como a las once de la ma­ñana -dijo el señor Herbert-. Debió ser un cataclismo.

Tobías se desvió hacia el pueblo, pero el señor Her­bert le hizo señas de seguirlo hasta el fondo.

-Allí hay rosas -dijo Tobías-. Quiero que Clotilde las conozca.

-Otro día vuelves con calma -dijo el señor Her­bert-. Ahora estoy muerto de hambre.

Descendía como un pulpo, con brazadas largas y sigilosas. Tobías, que hacía esfuerzos por no perderlo de vista, pensó que aquel debía ser el modo de nadar de los ricos. Poco a poco fueron dejando el mar de las catástrofes comunes, y entraron en el mar de los muertos.

Había tantos, que Tobías no creyó haber visto nunca tanta gente en el mundo. Flotaban inmóviles, bocarriba, a diferentes niveles, y todos tenían la expresión de los seres olvidados.

-Son muertos muy antiguos -dijo el señor Her­bert-. Han necesitado siglos para alcanzar este estado de reposo.

Más abajo, en aguas de muertos recientes, el señor Herbert se detuvo. Tobías lo alcanzó en el instante en que pasaba frente a ellos una mujer muy joven. Flotaba de costado, con los ojos abiertos, perseguida por una corriente de flores.

El señor Herbert se puso el índice en la boca y per­maneció así hasta que pasaron las últimas flores.

-Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida -dijo.

-Es la esposa del viejo Jacob -dijo Tobías-. Está como cincuenta años más joven, pero es ella. Seguro.

-Ha viajado mucho -dijo el señor Herbert-. Lleva detrás la flora de todos los mares del mundo.

 

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