Burocracia

Uno de los grandes temas del debate social y político hace unas décadas fue la necesidad de simplificar la burocracia pública. El franquismo dejó una maraña de ventanillas, pólizas e impresos que costó varios años desanudar, y generó toda una sección de literatura y humor antiburocráticos, perfectamente justificables. Era un delirio. La “ventanilla única” empresarial (que por otra parte deja aún muchísimo que desear) se presentó en su momento como el máximo logro de la lucha contra aquellas arenas movedizas de papel en las que la vida de ciudadanos y empresarios -sobre todo los que no tenían amigos influyentes, claro- se desesperaban y hundían sin remedio, en lentas y dolorosas agonías presagiadas por el Kafka de “El Castillo”.

Si ya es dudoso que se hayan producido simplificaciones significativas en la burocracia administrativa, en los últimos años ha prosperado además la burocracia privada hasta límites insospechables. Propulsada por la corrección política, los códigos éticos, la propia administración pública, la diversidad de entes emisores de normas y reglamentos, y el propio e inexplicable gusto del ser humano por complicar innecesariamente todo lo que puede ser muy simple, las empresas están enmarañando hasta lo indecible la relación entre ellas mismas, compitiendo por ver quién consigue establecer más barreras y más sofisticadas a la firma de un contrato o la adjudicación de un servicio. 

La máxima expresión de esta locura son los Portales de Compras. La cosa ocurre más o menos así: una gran empresa -normalmente protagonista de sonoras campañas de autopromoción por su labor social, su política de transparencia y sus estándares éticos- te llama para realizar un trabajo, como por ejemplo instalar un enchufe. No entiendes muy bien por qué tan gran empresa te llama a tí, pequeño autónomo, para instalar un enchufe, pero acudes y haces el trabajo, con la mayor diligencia y calidad posibles, claro.

Cuando presentas la factura te dicen que para poder cobrar debes darte de alta en el Portal de Compras. Estos portales suelen ser auténticos laberintos digitales concebidos y creados por las mentes más retorcidas de la informática administrativa, a quienes imagino muertos de risa en sus cubículos mientras diseñan un nuevo desplegable de opciones imposibles donde quedarán irremediablemente pegadas las patitas y las alas de los incautos usuarios. En el improbable caso de que alguno consiga encontrar, tras meses de gestiones y pérdida de horas de trabajo real, la salida al laberinto, que sepa que sólo ha cubierto la primera etapa, ya que una vez constituído en proveedor oficial gracias al Portal de Compras debe ahora ingresar la factura en el sistema. Antes, las grandes empresas tenían personal propio para ello, pero por lo visto se han dado cuenta de que es mucho más conveniente para ellas que sean los propios proveedores quienes, tras la amena lectura de un manual PDF de 350 páginas y rico vocabulario administrativo-contable-informático-gestor, se ocupen de la carga de las facturas en su propio sistema. Este segundo nivel de trámites es normalmente más complicado aún que el primero, ya que se supone a quien ha conseguido llegar a él una habilidad mayor.

En fin, el resultado de todo esto son demoras e incluso impagos que la gran empresa achaca a la incapacidad del proveedor para superar todas la pruebas administrativas, informáticas y burocráticas de sus portales y herramientas propias, diferentes además en cada empresa y cada departamento de la misma. Por supuesto, el enchufe instalado funciona perfectamente, pero eso no cuenta.

Esto de los Portales de Compras y Sistemas de Facturación Centralizada es sólo un caso, y en definitiva un síntoma, de la interminable e innecesaria complejidad progresiva en la que nos estamos metiendo, contra la que Javier Marías advertía recientemente con unas palabras que a la vez pueden interpretarse como súplica y amenaza: “No nos asfixien”. La burocracia privada se suma hoy a la pública, sustituyendo el bit por el papel, el portal por la ventanilla y el certificado online por la póliza o timbre. Pero manteniendo la misma estructura, la de un castillo inexpugnable desde el que los poderosos mantienen a distancia al común de los mortales.

(Una última reflexión: curiosamente la burocracia prospera allí donde corresponde pagar, puesto que cuando se trata de cobrar todo se ha simplificado muchísimo; la administración lo hace directamente mediante embargos preventivos; y la empresa privada mediante coloridas apps en las que basta un garabato con la yema del dedo).

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