Acabo de interrumpir la lectura de “La Amiga Estupenda”, de Elena Ferrante, un libro estupendo recomendado por mi amiga Sara, a quien quiero mucho, y a quien me gustaría poder decir que he terminado el libro y me ha gustado mucho. Lo he hecho porque la trama ha dejado de interesarme. Igual que hice con “2666”, libro de Roberto Bolaño considerado por los críticos de Babelia (El País) la mejor novela en lengua española de los últimos 20 o 30 años.

Son folletines. No son novelas. Y esto es algo endémico y característico de la narrativa contemporánea.

Un folletín no cuenta una historia: lo que quiere es liarte en ella. Es como aquélla máxima publicitaria de Leo Burnett: “si no sabes cómo convencerles, confúndeles”.

La narrativa, ese magnífico arte en el que alguien cuenta una historia con principio y final, vive un momento bajo por la predominancia sociológica de los folletines. Tuvo la culpa David Lynch, claro, con “Twin Peaks”, pero antes que él también Balzac, Galdós, y tantos otros… El arte no se comprende sin su contexto sociológico, sin las circunstancias de producción y consumo que le favorecen o neutralizan.

Los editores -ya sean literarios o audiovisuales- quieren folletines. Quieren series. Quieren historias que puedan enganchar a sus audiencias semana tras otra, sumergirlas en su mundo, hacerlas compradoras de su merchandising. Es normal que quieran eso; los editores son bisnesmen. Quieren explotar al máximo el talento artístico, viven de ello, y su ambición es necesaria para el desarrollo del arte, en cierta forma, o lo ha sido hasta ahora, mientras han controlado los medios de producción y difusión, cosa que ahora ya no está tan clara.

En todo caso, manifiesto mi más absoluto repudio al formato folletín del arte narrativo. Me gustan las historias que terminan. No las que culebrean, no las que se arrastran semana tras semana, día tras día, interactuando con las cifras de audiencia, negociando con los contratos de renovación de sus actores, esquivando sus decesos, haciéndose interminables.

Me gustan las historias que terminan. Me gusta Kafka.

Hoy, “La Metamorfosis” sería un folletín en el que veríamos a la cucaracha kafkiana arrastrarse interminablemente en sucesivas temporadas y capítulos, recogiendo grammys, inventando spin-offs…  Por eso quiero traer aquí el magnífco párrafo de la expiración de Gregorio Samsa:

“Pronto descubrió que ya no se podía mover. No se extrañó por ello, más bien le parecía antinatural que, hasta ahora, hubiera podido moverse con estas patitas. Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es verdad que le dolía todo el cuerpo, pero le parecía como si los dolores se hiciesen más y más débiles y, al final, desapareciesen por completo. Apenas sentía ya la manzana podrida de su espalda y la infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro.”

Las buenas historias se caracterizan por tener un final, sea bueno o malo, pero alguno.

Este final me recuerda a otro de mis favoritos, el de “Breaking Bad”:

Sí, ok, fue una serie. Pero terminó.

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