Penmarric2

La gente va en autobuses
mano sobre mano, mirando por la ventana,
si son mayores, y mirando por la pantalla
del móvil si son jóvenes. Nadie mira
al prójimo, o muy pocos.
Estamos a la defensiva. Noticias alarmantes
nos alarman oportunamente
sobre la necesidad de defendernos.
Las amenazas son múltiples: exteriores,
en primer lugar, que se concretan en bombas
en plazas públicas y aeropuertos y metros y
autobuses
como este
en el que vamos hoy, mano sobre mano, mirando,
esperando, jodidos, tristes, mierda.
También hay amenazas interiores: ladrones
robamonederos, pickpockets, carteristas
de toda la vida, que hoy casi se nos hacen
simpáticos. Más amenazas: gente
diferente, que vota diferente, que quiere
quitarme lo que es mío, que quiere
robarme como siempre han hecho los de su calaña.
(Por cierto, una nota al margen: la crisis
de venta de periódicos en papel ha supuesto un cambio
curioso en la identificación de enemigos circulantes
en la ciudad, en los buses, en los bares).
Vamos en autobuses
de un sitio a otro, porque tenemos obligaciones,
horarios, empresas, rutinas, cosas que hacer.
Vamos callados, por no molestar
al diablo interior que nos corroe la mente zumbando
ideas oscuras que nos aportan de todas formas
adrenalina infernal adictiva. Así vamos.
Así llegaremos a la parada de término
final, jodidos, callados, amargados,
con la única alegría de haber sobrevivido
a un trayecto de bus entre Manoteras y Vicálvaro,
como si eso fuera suficiente
para justificar una vida.
Vamos en bus y todo es una puta mierda, pero
de vez en cuando alguien
muestra su luz, a menudo sin querer, porque no sabe
que la amargura es como papel secante,
todo lo chupa, todo lo quiere, la muy
hija de puta de la amargura. Voy en el bus.

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