A veces con la ventana abierta sucede que

un barco perdido naufraga contra mis cortinas

y sus tripulantes se deslizan aterrorizados

buscando dónde asirse, pidiendo socorro, y me miran

desesperados, tendiendo sus manos

hacia mí como si yo fuera dios y les miro y

no puedo, no quiero, no sé.

Otras voy cruzando bulevares, es otoño en madrí

y soy feliz, siempre lo soy en otoño en madrí,

me alimento de cafés con leche y restos de hojas

caídas que atrapo al vuelo en mi morro universal,

soy felíz, camino como si nunca fuera a morir,

en otoño en madrí, y entonces alguien

me llama, me escribe un wasap, me retuitea, me llega

un mensaje, notificación, alerta, pop-up, y lo miro

y pienso no puedo, no quiero, no sé.

Luego llega el invierno, la nieve

tendida como si fuera la oportunidad de mi vida,

y todo lo que se me ocurre es pisarla, y oigo

el crujido de las venas de la nieve del agua helada

quebrarse bajo mis botas, y ese sonido me dice

cosas que recordaré muy hondo. El frío

me enseña lecciones de geometría emocional y simetrías

me descubre que nunca hubiera podido imaginar,

no puedo, no quiero, no sé.

Muy a menudo me peleo con mis semejantes,

o bueno, no sé, quizás es mucho decir semejantes,

con la gente, quiero decir, el prójimo, esos, ¿sabéis?

Son peleas tontas, en realidad no va nada con ellos,

me peleo con ellos por no pelearme con otros,

o quizás al revés, me castigan sin razón, me gritan

o me susurran, me amenazan y me quieren

utilizar, y yo miro todo esto desde la cabaña que construí

hace muchos, muchísimos años, en lo más alto

del bosque de la madrugada, en un árbol que nadie

conoce, en lo más hondo del bosque, tan hondo tan hondo

que no se ve el otro lado, y allí me subo y me tumbo

en mi suelo de madera, mi cabaña, mi refugio, y cierro

los ojos, no puedo, no quiero, no sé.

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