Veo la luna semioculta entre los barrotes, y disfruto por última vez su delicada curva, peligrosa y afilada como toda belleza; aspiro el perfume de los jardines cercanos y siento el pulso del mundo en cada latido de esta bellísima noche. No deja de tener mala leche que el calabozo de los condenados esté tan cerca de los jardines de palacio, pues además del suspiro de sus arrayanes recién regados llega también la risa ocasional, alborotada y desvergonzada, de las chicas del harén, que pasan el rato contándose anécdotas de sus encuentros con el jodido viejo que tenemos por rey, y ahora ya lo puedo decir: jodido viejo de mierda. No creo que falte mucho para que el pueblo se subleve y sus propios sacerdotes le corten la cabeza -o algo que le duela más, mejor.

Resulta que, hace cosa de tres años, el muy gilipollas alucinó con la anatomía de una de las chicas del harén. Decretó que su nombre era sagrado y la nombró Favorita entre Todas las Favoritas.  Colmó a su familia de cabezas de ganado y tierras en lo mejor del valle, y obligó al pueblo a inclinar la cabeza al paso de su carruaje velado. Hasta ahí, normal. Pero a los pocos meses el viejo empezó a chochear, y nunca mejor dicho, porque dió en anunciar a sus sacerdotes que el coño dela Super Favorita tenía poderes mágicos. Los sacerdotes intentaron quitarle tan peregrina idea de la cabeza, pero él les desafió a una prueba, y, para su definitivo enloquecimiento y nuestra mayor desgracia, triunfó. Propuso que se escondiera una llave en cualquier lugar de la estancia real, sin que él lo viera. «¿Ya?», preguntó el muy imbécil desde el cuarto vecino, con las manos en los ojos. Entró a la estancia, hizo venir a la Favorita, la sentó en un taburete, le levantó la falda, metió la cabeza debajo, separó un poco las piernas y permaneció así dos o tres minutos. Después se fue derecho a un jarrón del ventanal, en cuyo interior encontró la llave. Los sacerdotes se quedaron boquiabiertos; era evidente que tenía un soplón en la sala, pero la experiencia estaba consumada y nadie se atrevió a contradecir al viejo, que miraba a todo elmundo desafiante y ufano. Uno de los sacerdotes perdió la cabeza por sonreír irónicamente.

La cosa se salió totalmente de quicio cuando, a los pocos días de esta prueba, el viejo decretó que la vaina de la Favorita era el Orácoño del Reino. A él se recurriría en adelante para resolver los pleitos, aconsejaría sobre la conveniencia de una declaración de guera o un tratado de paz, decidiría el mejor momento para la siembra, nombraría embajadores, planificaría plazas y jardines, dictaría leyes, oraciones, libros de historia. Construyó un templo mayor que cualquiera de dinastías anteriores, con profusión de ricos mármoles y pedrerías, y una vagina de cinco por doce tallada en el frontispcio, y en su salón central sentó a la Favorita, vestida con una fina túnica blanca.

La pobre mujer estaba en realidad más asustada que otra cosa. No era más que una campesina de cuya belleza se había prendado el viejo en una de sus giras triunfales. No sabía nada de la vida, y ahora se veía sentada en un trono dorado, agasajada con los más ricos manjares y exóticos refrescos, regalada con los más blandos almohadones y los perfumes más enigmáticos, y todo lo que debía hacer era abrir las piernas varias veces al día para que magistrados, sacerdotes, poetas, ingenieros y astrónomos contemplaran su meadera, de rodillas y en absoluto recogimiento, a la espera de revelación o consejo mágicos. Vamos, que…

Bueno, yo soy abogado. Tengo una preciosa casa en el mejor barrio de la ciudad, un hermoso jardín con alberca, tres niños y una niña, seis esclavos con funciones diversas, dos mujeres -una blanca y otra negra-, muchos amigos en las altas esferas, y una considerable fortuna. No me ha servido de nada. Mañana me van a cortar la cabeza. Através de los barrotes veo el teatrillo montado, y la luna que cada vez se acerca más hacia el horizonte, la última que mis ojos van a saborear.

Me tocó defender a un amigo, un tratante de vinos del Mediterráneo que siempre se mete en líos y había destrozado la taberna de un usurero del barrio pobre, que le reclamaba nada menos que doce piezas de marfil humano, cinco sacos de grano y tres cabras por haber roto su infame tascucha. En el tribunal conseguí una sentencia favorable; sólo dos piezas de marfil y un saco de grano. Pero el abogado contrario invocó el decreto real, y tuvimos que someter la sentencia al Orácoño. Los dos defensores, junto al juez , fuimos conducidos al Templo, lavados, purificados y exhortados a mantener el máximo nivel de decoro antela Sagrada Presencia. Después se nos introdujo enla Sala Principal.

La chica era rubia, y tenía una expresión de infinita tristeza. Se notaba que añoraba los campos de su aldea natal, y los juegos en el establo, y la libertad de las callejuelas al anochecer. Apenas miraba a nadie, y si lo hacía su expresión era vacía, neutra, inexistente. Sus párpados maquillados con malaquita de Egipto desbordaban soledad y tiempo perdido. Bueno, yo venía a resolver un asunto profesional y no pensaba detenerme más del tiempo preciso. Primero pasó el abogado contrario, y luego yo.

Me arrodillé ante ella. No sé por qué, miré su rostro. Ella dobló levemente el cuello y encontró mis ojos. Así permanecimos unos segundos, hasta que uno de los oficiantes del templo tosió ostensiblemente y nos devolvió a la incierta realidad. Entonces levanté la falda, y ella separó las piernas.

Su vértice era, en verdad, bellísimo. El contorno de la hendidura estaba adornado por finas hebras oscuras que las sacerdotisas se encargaban de mantener en su nivel óptimo de crecimiento. La línea en sí era similar a un árbol de escasa copa, o a un clavo, o a una inverosímil columna sostenida sobre la base más delgada. Estaba perfumada con esencias que habían costado la vida a más de veinte mil soldados, y que quizás contenían algún componente alucinógeno. Permanecí bajo la falda un par de minutos, y aunque evidentemente no recibí ninguna instrucción sobrenatural lo cierto es que no separé la vista de aquel bonito coño. El abogado contrario, por su parte, retiró las reclamaciones y se dió por satisfecho con la primera sentencia.

Un par de semanas después, en un pleito diferente, fui yo quien solicitó la prueba. Creo que la chica me reconoció. Antes de levantar su falda volvió a mirarme, y esta vez sorprendí un destello de lejanísima simpatía tras el maquillaje sagrado. Tuvo que venir uno de los oficiantes a decirme que se suponía que la inspiración mágica ya tenía que haber llegado, pues permanecí ante la fuente sagrada más de diez minutos. Cuando tocó mi hombro para que me retirara me pareció advertir en los bordes de la rajita un delicado brillo y cierto movimiento inquietante.

Con la discrección necesaria para no provocar sospechas, frecuenté a partir de entonces el templo. Ella me reconocía, sin duda, y desde su hierática pose me lo hacía entender. Yo, por mi parte, bajo la falda soplaba dulcemente, intentando enviar en mi aliento el amor que me inspiraba. Nos despedíamos con una mirada de complicidad clandestina. Debo decir que estaba absolutamente prohibido acercar la cabeza a menos de diez centímetros del Orácoño, y que si los guardias sorprendían a través del bulto bajo la falda una proximidad excesiva, intervenían rápida y contundentemente.

Llegó el verano y sus noches demoledoras, calientes y excitantes. Siempre supe que el verano sería mi perdición, pero en mis estrellas estaba. Cuando el calor me hacía rodar sobre el lecho, incapaz de dormir, dos imágenes me obsesionaban: la expresión de la sacerdotisa y su coño celestial. Mis mujeres me preguntaban  qué me pasaba, y yo respondía con un gruñido: «¡nada!».

Una de estas madrugadas, quizá un poco ebrio, fui al templo. Era raro que autorizaran consultas nocturnas, pero por mi profesión no me fue difícil conseguir permiso, alegando un contencioso sobre un barco que debía partir antes del amanecer. A la hora que era sólo había una mínima dotación de guardias y sacerdotes. A través de las columnas llegaba el aire de los jardines y el murmullo de una fiesta nupcial en una de las villas cercanas. En la penumbra, me pareció más hermosa que nunca. Supe que la habían sacado de la cama para atenderme, por lo precipitado de su maquillaje. Aún así sonrió discretamente antes de que mi cabeza se perdiera bajo su túnica.

La misma premura que motivaba su falta de ungüentos quizá explicara el cambio de perfume entre las piernas. En vez de a áloe, jazmín, rosas, sándalo y aceites, esta vez olía a mujer. El brillo en los labios era evidente, aún en la penumbra del templo iluminado por antorchas de amortiguada luz sanguínea. Me pareció que avanzaba sus caderas hacia mí, buscando el contacto: agarré sus nalgas entre mis manos y apliqué furiosamente la boca en su vaina, bebiendo la magia y el sexo que me brindaba. Fueron sus gemidos, en el auge del placer, los que alertaron a la guardia semidormida. Me prendieron, pero antes pude ver los ojos brillantes de la niña diciéndome adiós mientras las sacerdotisas apresaban sus hombros.

Amanece y el verdugo prepara su espada. Cuando corte mi cabeza rodará hacia el templo, y quedará mirando su puerta. Mal augurio para el rey. Desde más allá de la muerte volveré para visitar a mi amiga, y si no, al menos, moriré con su sabor en los labios.

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