He recorrido muchos jardines del mundo y hecho el amor con petunias, gardenias, jazmines, geranios, claveles y rosas -e incluso con cactus, lechugas, cañas de azúcar, maizales y matas de calabaza. Mi vida comenzó, verdaderamente, el día en que, en un jardín de Estambul, durante mi luna de miel,  tomaba una cerveza, pasadas las dos de la madrugada, única hora razonable. El perfume de una pelambrera de jazmines, violentísimo, me llegó, y la comparación que mentalmente establecí entre el goce de este olor y el placer que me ofrecía la mujer a mi lado fue demoledor, a favor del primero: preferí las flores. Cuando aquella misma noche follaba a la mujer no podía dejar de pensar en las flores, que suplían y aumentaban la excitación de las caricias.

Horas más tarde, mientras ella dormía el sueño conyugal de la tranquilidad y la esperanza, escapé de la habitación y bajé al jardín. Me masturbé entre los geranios y las damas de noche, feliz. Tuve la certeza de que no era en realidad una masturbación, puesto que las plantas me seguían, alentaban y acariciaban, acompañando con sus exhalaciones mi ritmo creciente, hasta el éxtasis de esperma y perfume.

¡Dios, las estrellas brillaban heladas sobre mi nuca y mi pensamiento, y el silencio, mientras los espasmos penúltimos me agitaban, se podía saborear como un pastel de nata! Algunas hormigas correteaban por mis cojones, alegres, haciéndome compañía. Quise entonces seguir el sendero de la playa, y llegar a la arena húmeda, donde de nuevo me eché, aplastando mi cuerpo, de espaldas, contra el colchón multiforme de los granos, sintiendo los mínimos cantos y las caracolas prehistóricas rozárme lo más sensible, y de nuevo me corrí. Tomé entre mis manos un manojo de algas que el azar me deparó, y lo espachurré contra mis tetas, sobre mi vientre, por los huevos.

Así me descubrí, y quién quería ser. Seguí casado una temporada, pero a la mínima, aprovechando las ausencias laborales o los descuidos, me entregaba a mi pasión auténtica con los tiestos de la casa, o en el parquecillo cercano,  aprovechando la rutina de pasear al perro para visitar a mis amantes de tierra, clorofila y tejidos prodigiosos.

Poco pudo durar tal matrimonio: dos días después de su  primer aniversario ya estaba yo viviendo solo, en un pequeño apartamento que inundé literalmente con cintas, potos, helechos, cactus y hasta un pequeño vivero en el que sembré alubias. Creo que fue la época más feliz de mi vida, pues sabía lo que quería y disponía de los medios necesarios para lograrlo. Al volver a casa tras una cena o un cóctel, me sentaba junto a las cintas, desnudo, y dejaba que sus hojas afiladas me acariciaran los muslos, excitándome. Derramaba mi esperma en el centro del tiesto, y al día siguiente la planta parecía feliz.

Viajé a Granada, y me las arreglé para quedar encerrado en el Generalife, de noche. Los setos locos, que me reconocieron, empezaron enseguida a exhalar lo mejor de sus perfumes, y a ofrecerme sus colores violentos y sus lechos suaves para el placer. Destrocé cuatro o cinco matas de campánulas, a las que besaba buscando con mi lengua el interior del cáliz, y caí sobre las macizas dalias rojas para estrujar sus pechos hasta el éxtasis. Toda la noche vagué de parterre en parterre, enamorado, y al amanecer me dormí bajo una mata de la reina de las flores, el jazmín.

A lo largo de mis años de felicidad, lo hice en el Jardín Botánico de Atenas, mientras los gatos bufaban a mi alrededor y el león, desde su jaula, gruñía al percibir la proximidad de la tormenta; y en el de Santo Domingo, asfixiándome casi a causa del húmedo calor y de mi propia temperatura; y en el de la Isla Kitchener, de Aswan, exponiéndome a que los integristas me cortaran la cabeza, y en el Central Park de Nueva York, y en los jardines de la Fundación Berardo de Madeira, y cómo no, en el Retiro. Allí se cimentó mi ruina.

Un guardia municipal me sorprendió follando con un sauce, cerca del Estanque. Era Domingo, y no debía haberme arriesgado, pues las familias y los niños pululaban arriba y abajo, paseando a sus perros. Pero la edad me iba haciendo imprudente, y no pude resistir a la lánguida belleza del árbol: semiescondiéndome bajo su tupida fronda le hice el amor mientras acariciaba su tronco. El guardia me descubrió cuando apenas faltaban treinta segundos para la crisis, y no pude detenerme. Se organizó un petí comité de aterrorizados y escandalizados ciudadanos que reprobaban mi amor y me insultaban.

La cosa trascendió: a pesar de que nuestra sociedad presume mucho de ecología, fui despedido sin contemplaciones. Perdí a todos mis amigos, me transformé en un apestado. Con el salario, perdí también mi apartamento. Lo peor fue tener que replantar a mis amantes en parques y jardines anónimos, exponiéndolas a meadas de perros pijos y vomitonas de borrachuzos forofos del fútbol. Coseché cierta reputación de loco incurable entre los tenebrosos vagabundos con los que acabé compartiendo el espacio de la plaza cualquiera donde me instalé, entre cajas de cartón. A veces, en medio de una de sus sucias juergas, me despertaban a patadas y me restregaban ramas arrancadas por la cara, mientras reían diabólicamente y dejaban crecer en el fondo de sus ojos la semilla de Caín. Nada eran sus burlas comparadas con el dolor de ver hojas y flores agonizando  entre sus asquerosas zarpas animales: algo comparable a lo que puede sentir el más enamorado de los hombres al asistir a la venta como esclava del objeto de su dicha.

Una noche esbocé una sonrisa ante las bromas satánicas de los demás desechos, y -borracho yo también- tomé la rama de acacia y la froté por mi entrepierna: los demás aullaron de alegría. Destrocé las tiernas hojas masturbándome, y cuando acabé ví que todos me ofrecían tragos de vino en tetrabrik. Pasé por uno de ellos, con tal de suprimir la tortura diaria. Gracias a No Sé Quién, pocos días después apareció por la plaza un chiquillo desahuciado que leía demasaido, y atrajo la embotada atención del grupo, que descubrió el placer de mear en los libros que el pobre escondía en el hueco de un árbol.

Deambulaba entonces por los parques observando las zonas verdes como quien repasa fotos o cartas de antiguas novias adolescentes. En uno de mis paseos, cuando ya era un oscuro borrón humano entre el gris ceniciento del cemento, las búsquedas en papeleras y contenedores me llevaron a las cercanías de la Facultad de Biológicas. Nadie me detuvo cuando entré en el edificio; los estudiantes parecían ajenos a mi pestilente presencia. Alegres y despreocupados, charlaban en grupos, sentados por los suelos. Las paredes estaban adornadas con carteles y gráficos de especies vegetales, algunas diseccionadas, mostrando sus partes más íntimas.

Me detuve ante uno de los paneles, que mostraba una petunia abierta de par en par, con pequeños rótulos explicativos sobre cada una de sus partes: cáliz, corola, estambres, pistilo, pétalos… Las lágrimas fluyeron; no sé cuánto tiempo pasé abstraído ante la imagen; me devolvieron a la realidad una voz dulcísima y un golpecito en el hombro.

– ¿Se encuentra bien ? -una estudiante rubita, con la carpeta de apuntes abrazada sobre el pecho, me miraba con curiosidad y lástima. Sus labios eran carnosos como la hoja del pensamiento, sus ojos oscuros como granos de café, y sus pómulos nobles como rosas de Versalles. Antes de que pudiera responder, depositó en mi mano dos monedas de dos euros para que me comprara un bocadillo en el bar.

Lo hice, y me sentí mejor. Después volví a la plaza de mis últimos tiempos, y busqué al joven vagabundo aficionado a la lectura. Lo encontré rasgando las páginas de uno de sus libros para envolver el chorreante manojo de sardinas que se disponía a devorar, en compañía de los demás harapientos, con quienes reía, todos borrachos.

– ¡Hombre, Magnolio! -(así me llamaban)- ¡tómate una sardinilla!

Di media vuelta y los dejé atrás. Caminé bulevar abajo: terminaba Febrero y los árboles de las aceras empezaban a mostrar los prometedores pezones que anuncian su explosión. Siempre he sabido que si sobrevivo al Invierno, me quedan al menos nueve meses de vida.

 

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