Qué deliciosa me pareció entonces: abrió los ojos cuando yo, casi sin darme cuenta, acariciaba mi propio centro, hipnotizado por el panorama, dudando en mi alucinación cuál de las tres mujeres se movería, como si hubiera sufrido un truco de trileros y fuera incapaz de adivinar cuál era la viva; al notar mi excitación, se incorporó y se situó ante mi verga tensa, que abrazó como una mujer de talla ordinaria puede abrazar su almohada, y aplicó sus labios sobre el extremo donde transparentes perlas presagiaban la descarga, que apresuró con terribles movimientos de sus brazos en la zona más sensible, haciendo que me abandonara y renegara de toda creencia, atento sólo al momento en que, por fin, brotó de mí un disparo de esperma que ella soportó a pie firme, cerrando los ojos y alzando los brazos, bañándose en él como en una ducha horizontal, cubriendo todo su cuerpo con la horchata sexual, cosa que fue lo último que vi, pues entonces caí hacia atrás, noqueado de placer, dispuesto a vivir los minutos preciosos que suceden a la explosión, instantes a veces más deleitosos que el propio trance, momentos en que el pensamiento trabaja con una fluidez asombrosa y diríase que con total autonomía, componiendo imágenes, recuerdos y frases con el sabio y caprichoso arte con el que también trabaja en el sueño, sólo que a plena luz de la conciencia, que asiste a la caída de sonidos, imágenes y sensaciones como quien tranquilamente contempla hojas de árbol en ingrávido vaivén hacia el suelo: he creído siempre que este es el mejor momento para conocerse, un lapso mágico en el que nuestro pensamiento es capaz de responder a cualquier pregunta formulada con sinceridad. Los sentidos aguzan su percepción al máximo: escuchar entonces una llamada de un niño que juega en la calle o el rumor de la propia avenida es un placer incomparable, único en su género; es también frecuente entonces que la memoria entre en escena con todas sus galas y muestre su verdadero poder representándonos, con una pincelada magistral, un segundo de la vida pasada que vuelve con su sello esencial y la misma intensidad con que tuvo lugar una vez: ¡dulcísimos regalos del recuerdo, capaces de calmar todo un año de desgracias, que nos hacen creer que es posible vivir, en cualquier momento, de nuevo, lo mejor de nuestra historia, el decisivo momento en que capturábamos escarabajos en la huerta del vecino o nos dimos cuenta de que nuestros dedos podían correr con la misma habilidad sobre las teclas de un piano y a través de las piernas de una prima! Breves vistazos al paraíso que duran lo justo, que decaen hacia el gris cuando la sangre recobra su pulso, depositándonos blandamente en lo cotidiano aún mojados por el agua de lo divino, que a su vez se evapora, dejando su propio recuerdo añadido a los otros: si se quiere, entonces, forzar un instante más de gloria, se advierte la imposibilidad de obtener por la obstinación lo que la naturaleza ofrece desinteresadamente, y entonces no queda más que abrir los ojos, y procurar que el primer gesto y la primera palabra que se pronuncien sean adecuados, no disuenen de la música cuyos ecos se diluyen irremediablamente, hasta el próximo éxtasis, si es que lo hay.

 

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