Fue en Málaga donde se manifestó por primera vez entre nosotros el demonio de lo cotidiano, en una de sus formas más frecuentes y temibles: la pelea tonta. Una tarde, paseando al azar de la modorra del tinto con casera, mientras ella dormía, vi en una tienda de turistas una muñequita gitana cuyo traje me encandiló: una preciosa pieza de tela roja con lunares blancos, falda de siete volantes y adornos de encaje en los hombros: no lo dudé: la compré por ojo y medio de la cara y me presenté con el regalo. Mini no lo recibió con mucho cariño; quizá su semejanza la mosqueaba: el caso es que desde el primer momento la miró con aversión. Yo, confieso que quizás un poco por hacerla rabiar, procedí a desnudar a la muñeca mientras me acariciaba el paquete, diciendo obscenidades. Mini se sentó en la cama, y me dejó hacer, con la seguridad de gesto que tanto me apabullaba (no hay que olvidar que ella tenía un secreto). Finalmente, la criatura de plástico quedó despojada de sus vestiduras, inerte y sonrosada sobre las sábanas; Mini se inclinó y la besó, acariciando sus miembros huecos, y recorriendo con sus palmas la extraña anatomía paralizada; después, sin modificar su actitud melosa, tomó con gran esfuerzo una chincheta de una postal clavada en la pared, y cargando todo su cuerpo sobre ella consiguió atravesar la piel de plástico, justo en la región del corazón. Me sorprendió su frialdad destructiva, aún sobre un objeto, y más aún el impávido gesto semisonriente con el que la muñeca quedó tendida con el lunar rojo de la chincheta en el centro. Tomé a Mini en mis manos, y mientras pugnaba por escapar le pregunté en broma «¿y si yo te hiciera a tí lo mismo?». «Morirías tú», respondió secamente.

 

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