Igual que aquel que abandona su tierra

con plena certeza de que no volverá,

y deja a sus amigos y a sus hijos

sumidos en el llanto

(alguno de los niños se le agarra

al abrigo y dice moqueando

“¡papá, quiero ir contigo!)

¿sabéis lo hondo

que puede llegar a doler

el destierro?

Mi caso es parecido,

pues estoy muy lejos

de la fuente de mis alegrías, y es muy difícil

que vuelva a beber de sus aguas tranquilas.

Así como en el monte queda oscura

la tierra por donde ha pasado el fuego,

así se imprime un cerco de dolor en el espacio

de mi pecho dónde ardieron tus caricias.

No creo que muriendo sea mayor

mi daño; ¿qué más puedo perder ya?

Por mí, podéis tomar mi casa

y todo lo que tengo, que sin la luz

de los ojos

de aquella que me falta, todo sobra.

Es más: ciertos placeres

pequeños -una voz agradable, un gesto dulce-

se me clavan como agujas y acentúan como tildes

dolorosas la palabra que más digo: pena.

De veras: no me preocupa morir.

No siento dolor físico, pues mi alma

un golpe tan brutal ha recibido

que ya no se si estoy muerto ni vivo.

Me aburre leer, conversar, alternar…

no creo ya en los besos

mercenarios o siquiera verdaderos.

Sobrevivo sin ilusión ni esperanza

en este o en el otro lado de la vida.

Amigos míos, sentid parte

de mi desgracia. Tengo pulso, aún,

pero es accidental.

Sabed al menos que mi tiempo ha sido intenso,

y comparadme a quienes no han sabido

encarar su destino: avaros, indiferentes, imbéciles.

Con todo lo que tengo sufrido, prefiero

haber acumulado

dolor -que un día fue delicia, y otro antes

deseo- que no dinero, títulos u honores,

que nunca serán nada comparados con tus besos.

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