¿Qué seguros consejos vas buscando,

mi aciago corazón, hastiado de vivir?

Amigo de los llantos, y nunca de reír,

dí, cómo afrontarás los males que te aguardan?

Acércate, pues, a la muerte que espera,

que sólo en tu daño prolongas tu fuga.

Acércate a la muerte, sí, que con los brazos abiertos

te viene buscando, y con lágrimas de alegría en sus ojos vacíos:

escucha su melódica llamada, cómo dice:

“¡Hermano! ¡No atiendas a otra voz que a la mía;

no me es desagradable darte mi favor,

que nunca concedí a nacido de mujer,

pues tengo por costumbre huír de quien me llama,

y sólo aproximarme a aquel que me rehuye!”

A su lado, llorosa y pálida de miedo,

la Vida, tirándose del pelo, chillando como loca,

pretende hacerme dueño de grandes heredades;

señor de gran fortuna me quiere coronar.

Su voz y su argumento me suenan repugnantes,

así como a los vivos el tono de la Oscura;

pues si uno se acostumbra al fin al sufrimiento

la voz inevitable le suena acogedora.

¡Asombro sin remedio me causan los amantes

erguidos y orgullosos que veo en mi camino!

Aún sin preguntarme directamente por Amor

podrán reconocer, tratándome, su obra.

Y todos, maldiciendo, habrán de prometer

que nunca seguirán al Niño mientras vivan.

Si entonces les recuerdo los cálidos placeres

los días y las noches en pareja, se apartan, y suspiran.

Ya no conozco a nadie que pueda parecérseme,

que, herido por amor, provoque la piedad.

Sólo yo soy digno de compadecer:

de mis venas la sangre ya escapa.

Debido a la tristeza, demasiado próxima,

se seca, día a día, la fuente de mi vida.

A mí la amargura dirige su influencia,

y no hay quien en mi ayuda se mueva ni lo intente.

Mi lirio entre cardos, se acerca la hora

final para mi vida terrenal.

Puesto que por entero perdí la esperanza

mi alma en este mundo ya tiene día marcado.

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